Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: 2011

jueves, 22 de diciembre de 2011

Felices Pascuas


En tiempos remotos -calculo que cerca de la Navidad de 1997- pedimos un villancico para felicitar las Pascuas desde el Instituto Cervantes. En aquel entonces la corrección política todavía no consideraba subversivos los villancicos. Tampoco a un viejo luchador de izquierdas como José Hierro, que había pasado años en la cárcel al final de la Guerra Civil, le repugnaba esa forma popular de celebrar las Pascuas. Como no podíamos, por motivos burocráticos, pagarle el trabajo, le pedí por teléfono que aceptara unas botellas de vino, preguntándole si prefería tinto o blanco. Todos son buenos, me contestó. Te equivocas, me atreví a decirle, es sabido que en España el mejor blanco es el rojo. Divertido al parecer por lo que podía interpretarse como un guiño político -aunque yo lo había dicho porque no me gustan los vinos blancos españoles y sí los tintos-, me escribió una letrilla de agradecimiento reconociendo que el tinto rojo es mejor que el blanco. Y es que él era un rojo y no un progre. Entre otras cosas porque el progre suele ser de medio pelo y él era rigurosamente calvo.

Así es que felices Pascuas a todos, incluido Pepe Hierro y nuestros demás amigos ya en el otro mundo; este año se nos han ido varios.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Tres poemas irónicos

Al jubilarme en este otoño de la varonil edad, que diría Gracián, varios ingenios de esta corte y de otras en el extranjero han acrecentado mi júbilo con bromas cultas y poéticas. La contestación a mi maestro sevillano Fernando Ortiz, que figura al pie de su magnífico soneto gongorino, es aplicable al soneto de mi antiguo jefe Miguel Ángel Ochoa y a la décima de mi antiguo alumno Fidel Sendagorta. Todos se ríen -creo yo- conmigo y no de mí. Dos de los tres se refieren a mi "augusta altura" y a mi "alta atalaya". Me traen a la mente y al corazón el recuerdo de Conchita Guzmán, mi maestra tierna y burlona gracias a la cual puedo tomarme a mí mismo el poco pelo que me queda en lo más alto de la atalaya.

En fin, ahí van los tres poemas, con mi hondo y alegre agradecimiento a sus autores.

A Don Santiago Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón,
ingenio de las letras patrias,
y de cómo en su escudo
esplenden sus virtudes.


Clarísimo Marqués, dos veces claro
por vuestro ingenio y vuestra donosura,
tan extraños en esta selva oscura
de bosquimanos. Y por eso es raro


y precioso y sutil ese preclaro
don que me deja lleno de ventura:
que descendáis de vuestra augusta altura
a dispensarme vuestro fiel amparo.


Vos, noveno Marqués, Naturaleza
con vuestra pluma defendéis de ultraje
-luce la higuera en el blasón gallarda-.


Que inclina a grandes causas la nobleza.
Y a la española lengua en homenaje
dos lanzas de oro en aspa le dan guarda.

Fernando Ortiz


Qué mejor regalo, querido Fernando, por el día de mi cumpleaños que tu perfecta broma afectuosa que a Góngora hubiese satisfecho. Me recordó a mi maestra Conchita Guzmán que con tanto cariño me enseñó a reírme de mí mismo y que cuando a los doce o trece años medía yo más de un metro ochenta, ella, que era diminuta, cuando discutíamos sobre las guerras púnicas (ella, republicana y católica, era partidaria de los romanos y yo, no sé por qué, de los cartagineses), me decía con guasa, "hijo, es que yo no puedo tener tu altura de miras". Y yo alguna vez piqué con sonrisa fatua, hasta que los dos rompíamos en carcajadas.

Pues así me reí anteayer, al leer de tu pluma el tercer verso del segundo cuarteto
que descendáis de vuestra augusta altura
y me reí con mucha alegría y mucha admiración por tu capacidad de escribir tan hermosísimo soneto festivo que no burlesco, para reírte con y no de un amigo. Tienes un don especial para reproducir a la perfección el estilo de muchos y en ocasiones difíciles autores.

¿Cómo habría que llamar uno de esos ejercicios virtuosos de estilo? No valen parodia o pastiche por demasiado burlescos ¿Al estilo de? En música se diría variaciones sobre un tema de...

En fin, Fernando, muchas gracias, de corazón. Y Dios te lo pague
Santiago
(20 de Octubre de 2011)


El soneto que hoy pongo ante tus ojos
Es inferior a tus merecimientos,
Pero alberga sinceros pensamientos
Aunque sus versos se te antojen flojos.

Mas los versos, ¿qué son? Sólo despojos
De un más hondo caudal de sentimientos.
Y en tus ensayos dices y en tus cuentos
Que en la vida habrá más que trampantojos.

De ellos se burla tu literatura.
Mojas tu pluma en tinta de ironía
Y el mundo pintas cual lo ve tu mente.

Sigue poniendo broma a tu cordura.
Carga de buen humor tu artillería:
Pólvora pon, pero con aguardiente.

Miguel Ángel Ochoa Brun




Décima para Tamarón

Desde su alta atalaya
trata de tú a los halcones
y no pide mil perdones
por sobrepasar la talla.
Con instinto que no falla
redescubre la belleza
olvidada en la maleza
de un pasado solo oscuro
para necios que en el muro
estrellan su atroz cabeza.

Fidel Sendagorta

viernes, 16 de diciembre de 2011

LOS QUINCE MINUTOS DE FAMA DE ZAPATERO

A continuación reproduzco mi artículo publicado en la Nueva Revista, número 134 (julio, 2011), que reseña el siguiente libro:



MEMORIA DE WASHINGTON:
EMBAJADOR DE ESPAÑA EN LA CAPITAL DEL IMPERIO

Por Javier Rupérez
Prólogo de José María Aznar
La esfera de los libros, Madrid, 2011.



Hace más de medio siglo, en 1958, compartimos Javier Rupérez y yo el primer día (y después cinco años más) de nuestros estudios universitarios en Madrid. En 1965 hicimos juntos las oposiciones a ingreso en la Carrera Diplomática y en 1966 compartimos nuestro primer despacho en el Ministerio de Asuntos Exteriores, junto con José Luis Vázquez Dodero, excelente ensayista y periodista muy conservador, que miraba con bondadosa indulgencia a aquellos dos jóvenes semiprogres que Rupérez y yo éramos a sus ojos. En la Dirección General de Relaciones Culturales de aquel entonces coexistían diplomáticos de muy diversas tendencias, desde el Director General, Alfonso de la Serna, hasta los dos Gonzalos, el rojo y el azul, Gonzalo Puente Ojea y Gonzalo Fernández de la Mora. Todos ellos nos trataron con compañerismo bien liberal. Y si en esa época remota de nuestras vidas nos hubieran dicho cómo iban a ser nuestras respectivas existencias individuales y, más importante, el curso histórico de nuestro país, nos habrían sorprendido mucho ciertas cosas y nada otras. Siempre es así, supongo.

Javier Rupérez se ha jubilado hace un par de meses (como funcionario, ojalá no de su vida pública) y este libro recoge su embajada en Washington entre 2000 y 2004 a la vez con precisión y con humor, con datos objetivos y emociones personales. Siempre fue aficionado a leer y a escribir –este es sus octavo libro- y siempre supo expresarse con claridad y pulcritud, insólitas en nuestros políticos y funcionarios modernos. Esta Memoria de Washington está construida –acertadamente- de acuerdo con las reglas tradicionales de los despachos diplomáticos, o más bien de las cartas de los embajadores al ministro, antes de que las constantes filtraciones entorpeciesen la labor informativa y, de paso, el estilo literario de los profesionales. A esas reglas –orden cronológico en los hechos y orden lógico en su interpretación, franqueza templada si es menester por la prudencia- añade las de un juego melódico. Cada capítulo tiene un título descriptivo precedido de una calificación musical, empezando por el Capítulo 1: Introducción y rondó caprichoso: el retorno a la diplomacia y terminando con el Capítulo 21: Finale ma non troppo: de Washington a Nueva York.

Entre ambos, Rupérez describe con lucidez no exenta de ironía a veces y otras de melancolía, o tristeza o incluso ira, los acontecimientos históricos –o de la vida diaria de una embajada- de los que fue testigo o actor. En llegando aquí hay que recordar que la diferencia esencial entre una tragedia y una novela policíaca es que en la primera el público sabe muy bien lo que va a ocurrir y es esa inevitabilidad del desenlace conocido lo que le produce horror, mientras que en la segunda la oscura incertidumbre produce mera curiosidad. Y quién podría sentir mejor el lado trágico de la matanza terrorista de Madrid, en el 11 de marzo del 2004, que Javier Rupérez, víctima en 1979 de un secuestro de la ETA.

Por eso escribe: “El lunes 15 de marzo organicé en la Catedral católica de San Mateo un funeral por las víctimas del atentado […]. Y no encontré mejor manera para reflejar mis sentimientos que inspirar [sus palabras] en la desolación del Salmo: De profundis clamavi ad te, Domine […] Dije lo que quería decir […] que la dignidad de la persona humana era imprescriptible y la mejor manera de hacerla respetar consistía en la práctica de la democracia”. Pero también el Embajador de España pide a Dios “fortaleza para todos los pueblos de la tierra que sufren el azote del terrorismo, para que nunca piensen que cediendo pueden acabar con la bestia”.

(Al leer lo que antecede recordé que precisamente ese 15 de marzo del 2004 también a mí me tocó presidir un funeral por las víctimas de la barbarie, en la Catedral católica de Westminster, en Londres. También me ofrecieron escoger un texto bíblico y leerlo. También opté por los Salmos pero no el De profundis, que es el 130, sino el 58 (“Oh Dios, quiebra sus dientes en sus bocas”) y el 59 (“y tú, Señor Dios de los Ejércitos, no tengas misericordia de todos los que se rebelan con iniquidad… No los mates, para que mi pueblo no se olvide… Vuelvan a la tarde y ladren como perros y rodeen la ciudad”). Hay días en que los Embajadores, estén donde estén, no están para eufemismos).

Ya al final del libro y depués de lo relacionado con la tragedia del 11 de marzo del 2004, en esta Memoria de Washington comienzan a aflorar las miserias y ruindades de políticos y periodistas. A ese respecto, el penúltimo capítulo (Sonata disonante: España cambia de rumbo) no tiene desperdicio. El autor hace acopio de paciencia, y quizá de desprecio; ya lo dijo Chateaubriand, “hay tiempos en los que no se debe gastar el desprecio más que con parsimonia, de tantos necesitados como hay”. Describe con frialdad exasperada la retirada de las tropas españolas de Irak, empezando con la visita de José Bono, que todavía no era Ministro de Defensa, a Washington para entrevistarse con Donald Rumsfeld, el 5 de abril del 2004. Al parecer le hizo promesas que luego no fueron cumplidas cuando el 18 de abril el nuevo Presidente del Gobierno, Sr Rodríguez Zapatero, anunció que la retirada tendría lugar de manera inmediata. Así empezó la glaciación de las relaciones hispano-norteamericanas: por la forma tanto como por el fondo. En palabras de Javier Rupérez, “las excelentes relaciones que José María Aznar había sabido trabajosamente desarrollar con los Estados Unidos, y que recibían los parabienes de tirios y troyanos en aquel lado del Atlántico, fueron literalmente deshechas en los quince minutos que Zapatero empleó para anunciar la inmediata retirada de las tropas españolas de Irak”.

Todo el mundo tiene, según Warhol, quince minutos de fama en su vida. Triste fama será la del Sr Rodríguez Zapatero si queda centrada en esa aparición como oráculo fallido. Y bueno será, al escribir la historia de este comienzo de siglo, tener en cuenta el testimonio esclarecedor de Javier Rupérez.

El Marqués de Tamarón

lunes, 12 de diciembre de 2011

¿Es España un Estado de Derecho?

La división de poderes es condición necesaria pero no suficiente para el recto funcionamiento del Estado de Derecho, y éste a su vez no es sinónimo de Democracia. El imperio de la ley está ligado esencialmente al Estado de Derecho, y quizá sea aquel el pilar más debilitado hoy de todo el edificio. En los tres poderes clásicos se echa en falta una aplicación cabal y sistemática del espíritu y la letra de nuestro ordenamiento jurídico. El poder legislativo –que rara vez legisla si no es a instancias del poder ejecutivo- aprueba leyes que a menudo nacen para no ser aplicadas, y que de hecho el poder judicial con no menos frecuencia no intenta aplicar.

Las sentencias judiciales, incluso las sentencias firmes del Tribunal Supremo, a veces no se ejecutan. Y de todas formas la advertencia Justicia dilatada es justicia denegada carece ya de vigencia en la práctica. A todo ello hay que añadir un defecto en la actuación del poder legislativo, defecto sin duda nacido de loables intenciones, que es el garantismo a ultranza, que conduce a la falta de garantías para la mayoría de la población.

Si a los poderes clásicos añadiésemos el poder de los medios de información o el de los sindicatos o el de los empresarios, veríamos que la obediencia a la ley dista tanto o más de ser general.

El problema es sencillo, la solución no. Las instituciones nunca obtendrán el respeto de los ciudadanos si no se respetan entre ellas. Y más aún, si cada institución no se respeta a sí misma acatando la ley.

Lo más desmoralizador para una nación es el oír decir con cierto fundamento aquí nunca pasa nada, esto en España sale gratis.


(El texto que antecede fue publicado en el ABC del pasado Lunes 28 de Noviembre de 2011, con leves ajustes de maquetación. Respondía a la pregunta que se me hizo, pidiéndome un breve comentario sobre un artículo del Profesor González Ballesteros, que todavía no estaba escrito, "sobre la necesidad en España de recuperar la división de poderes y el respeto entre ellos para que los ciudadanos, a su vez, respeten las instituciones". Me pareció más interesante centrarme en el problema evidente pero poco atendido del desmoronamiento del Estado de Derecho en nuestro país).

jueves, 8 de diciembre de 2011

Botones de muestra (VI)





La frase de la portada de esta biografía de Alma Mahler Gropius, escrita por Almudena de Maeztu, dice mucho pero no todo: "Una mujer generosa, de espíritu libre, siempre polémica, musa de artistas, que fascinó a todos los que a ella se acercaron". Lo que no dice la portada pero sí el interior del libro es si era inteligente además de fascinante y buena persona además de generosa. La contestación a ambas preguntas que se desprende del texto de este libro es "Tal vez sí, tal vez no. Dependía de los días".

Esa condición cambiante en sus pasiones como en sus gustos hacía de Alma Schindler (por darle su nombre de soltera, que dejó de usar desde que se casó con el músico Gustav Mahler) materia perfecta para una biografía o una novela. La autora de este libro no ha desaprovechado la ocasión. Empezó escribiendo una tesis doctoral y luego la convirtió en una biografía que sin sacrificar el rigor histórico evita las arideces tan frecuentes en las tesis universitarias. Abarca la vida de la biografiada desde su nacimiento en 1879 hasta su divorcio en 1920 del arquitecto Gropius. Luego ella se casó con el escritor Franz Werfel y vivió hasta 1964. Tuvo amantes tan notables como los pintores Gustav Klimt y Oskar Kokoschka, amén de otros de menor cuantía.

Era vanidosa, voluntariosa y egoísta. En este libro aparece reproducida una larga y dura carta que le escribió Gustav Mahler, presa de los celos pero no ciego por ellos. Ni siquiera le hace reproches, más bien la analiza sin contemplaciones. Lo más curioso es que le señala, al parecer con motivos, que está vacía de ideas:

"Mi Alma, ¿cuáles son tus ideas? ¿Los escritos misóginos de Schopenhaurer, las antimoralidades del superhombre de Nietzsche, tan falaz como detestable, los brumosos sueños ideológicos y etílicos de Maeterlink o la retórica de burdel de Bierbaum y compañía? Esas no son ideas tuyas, gracias a Dios, sino ideas ajenas."

Claro que junto a eso debía de tener una simpatía y un encanto arrolladores. Quizá también en vez de egoísta habría que usar el eufemismo egocéntrica. Y era muy guapa.

Esta biografía cumple brillantemente con la principal condición de ese género literario e histórico: expone de forma clara y amena la información disponible y deja al lector que juzgue al personaje. Leyendo este libro uno puede pensar que Alma Mahler era un monstruo. O una sirena cautivadora. O una eterna adolescente malcriada. O una mujer muy atractiva, que comprendía muy bien a los artistas y que gracias a eso fue una musa poderosamente inspiradora de músicos, pintores y escritores, y hasta arquitectos de la Bauhaus, a quienes cabría suponer una frialdad práctica y austera que los inmunizase ante cualquier vampiresa o valquiria. Quizá de verdad fue una fuerza de la naturaleza. Y, como me dijo la autora, "tal vez leyó demasiado a Nietzsche". Porque la biógrafa, Almudena de Maeztu, simpatiza con los personajes de estas vidas pero no deja de verlos con ojos muy claros ("Mahler en su música tenía un lado macarra", se atreve a decir). Qué diferencia con quienes descubren todo este mundo por casualidad, como tal político español que quedó prendado de la música de Gustav Mahler porque vio la película que lleva su nombre y hasta hoy no ha dejado de referirse a sus composiciones. "Consiguió que nos aburriese Mahler, pero peor hubiera podido ser si Alfonso Guerra en vez de ver Mahler hubiese descubierto a Mozart viendo Amadeus y nos hubiera hartado de su música", dice un amigo mío, anarca él.

Para los españoles que conocemos mal el mundo centroeuropeo y danubiano es éste un libro tan fascinante como Alma Mahler y esclarecedor del alma de Alma y de las tormentas de ella y de sus coetáneos.





Alma Mahler Gropius
Por Almudena de Maeztu
JP Libros
Barcelona, 2010

También disponible en edición Kindle:
https://www.amazon.es/dp/B006Y7DOXI

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Botones de muestra (VII)
Botones de muestra (V)
Botones de muestra (IV)
Botones de muestra (III)
Botones de muestra (II)
Botones de muestra

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Más sobre Ortega y Gasset

Me olvidé ayer de pedir nueva ayuda a los lectores sobre otra cita orteguiana sin verificar. Creo haberle leído alguna alusión a la cautela conveniente ante cualquier consenso político general, no sé si en la España contemporánea o en todo el mundo moderno. Decía algo así como "recelemos de una idea que entusiasme por igual a izquierdas y derechas".

Aunque tal vez lo haya soñado yo en un ataque de pensamiento desiderativo (wishful thinking, que dicen los bárbaros y los barbaristas). De ser de Ortega, apoyaría mi desconfianza ante la opinión general sobre el Quijote y algún otro fenómeno inquietante de unánime valoración histórica o literaria.

¿Alguien puede ayudarme?

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Ortega y el viril apetito de perforación

martes, 6 de diciembre de 2011

Ortega y el viril apetito de perforación

Cuando ya casi había abandonado la esperanza de encontrar la cita exacta de Ortega y Gasset, los dioses del Olimpo -no se olvide que Don José Ortega y Gasset era tan olímpico como Goethe- se apiadaron de mí, o del filósofo español.

Hace una eternidad había citado (mal) a Ortega, atribuyéndole la frase de que el pensador debía acercarse a las ideas "con viril afán taladrador". (Véase abajo)
http://marquesdetamaron.blogspot.com/2011/08/karacho-y-otras-exportaciones-espanolas.html

Pero luego, al no encontrar en ningún sitio el brioso consejo, comprendí que me había equivocado. Me lamenté en una charla que di la semana pasada y alguien, de talante tan misericordioso como erudito, me sacó de dudas: Don José no tenía viril afán taladrador pero sí viril apetito de perforación. (cf. ut infra)
http://marquesdetamaron.blogspot.com/2011/11/un-abrazo.html?showComment=1322687984140#c5548293478234048929

Gracias sean dadas al Olimpo y a E. Vanhomrigh.

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Más sobre Ortega y Gasset

martes, 22 de noviembre de 2011

Un abrazo

Si cual espías del Poder leyésemos hoy mil cartas particulares, de seguro encontraríamos que novecientas noventa terminan con «un abrazo» (el vulgo) o «un fuerte abrazo» (los políticos) o «un gran abrazo» (los banqueros). Así, a secas, sin tan siquiera el verbo enviar. Y, por supuesto, sin distinguir a la hora de la fórmula de despedida entre los destinatarios: padre, amante, amigo, conocido o dentista. Tenemos noticia de una señora de edad provecta —y por cierto relacionada con el mundo de la política, donde debe de ser la excepción que confirma la regla de la monotonía cursi— que se ha rebelado contra el estereotipo uniforme y se despide de sus amigos escribiendo «achuchones». Dice que si a los cabecillas autonómicos manda abrazos algo más íntimo tendrá que enviar a los amigos de verdad.

España nunca destacó en la literatura epistolar. El porqué es uno de los pequeños misterios de nuestra idiosincrasia cultural o quizá psicológica. Nuestros poetas, dramaturgos y, en menor medida, novelistas han sido tan buenos como los mejores extranjeros; nuestros autores de cartas no. En general brillan los españoles tan poco en este género como en el autobiográfico. ¿Será que escriben pocas cartas, que éstas no se conservan, que los descendientes tienen miedo a publicarlas? Algo de todo eso habrá, pero nos inclinamos a pensar que el motivo principal de la escasez de buenos epistolarios —tan abundantes, por ejemplo, en los países de lengua inglesa— es que somos un pueblo de teólogos y la petite histoire nos deja fríos. Olvidamos que la Historia no es sino la suma de muchas pequeñas historias, con sus mezquindades, ternuras y grandezas individuales que en ningún lado quedan más al descubierto que en las cartas. Recordémoslo con estas letras de un padre a su hija hace cuatrocientos años justos: «Vuestros hermanos y yo estamos buenos y con mucha calor que hace estos días; como os debe escribir vuestra hermana y por no volver el papel no digo sino os guarde Dios como deseo. Vuestro buen padre». (Felipe II a la Duquesa de Saboya).

Pero había algo al menos donde hasta hace poco lucía nuestra imaginación epistolar: en las fórmulas iniciales y finales. Tomemos como ejemplo la monumental —y muy amena— correspondencia entre Juan Valera y Menéndez Pelayo. Aquellos dos hombres tan distintos —el andaluz era viejo, liberal, aristocrático y cosmopolita, mientras que el santanderino era joven, reaccionario, burgués y nacionalista— intercambiaron durante treinta años cientos de cartas donde lo primero que maravilla es la infrecuencia de las repeticiones de fórmulas. Diríase que Valera modula sus despedidas según las circunstancias. Desde «No imite mi desidia; escríbame y créame su afmo. y constante amigo» hasta «Adiós. Escríbame, quiérame y consuéleme» (cuando acaba de morir su hijo de dieciséis años). Igual ocurre con las cartas de Valera a Gumersindo Laverde, donde abundan variadas fórmulas que hoy nos parecen extravagantes y que no eran sino sabias mezclas cambiantes de originalidad y lugares comunes de la cortesía, como «Dispénseme Vd. de que mis muchísimas ocupaciones no me permitan escribirle hoy de mi propia mano y mande cuanto guste a su apasionado amigo».

Hoy todas estas sutilezas habrían quedado confundidas en el sempiterno «abrazo». Entre españoles, que no entre franceses (el Bottin de 1985 trae diez páginas de modales escritos) ni entre ingleses (el Debrett’s Correct Form tiene doscientas). ¿Serán más tontos que nosotros, más conservadores o más irónicos? Nosotros creemos que nuestra época es más franca y directa que las anteriores. En realidad es igual de insincera, pero mucho más aburrida. Obsérvense los mensajes que se cruzaban en 1739 un marino inglés y otro español, en guerra en el Caribe: «Yo soy, Señor, de VE su más humilde servidor, D. Eduardo Vernon Burford», terminaba el uno. «Yo quedo para servir a VE con la más segura voluntad, y deseo lo guarde Dios muchos años. Besa la mano de VE su más atento servidor D. Blas de Lezo», acababa el otro. ¿Cómo se escribirían hoy un oficial ruso y otro americano perdidos en el Ártico? «¿Saludos proletarios» y «Saludos democráticos»?

La verdad es que las fórmulas nunca pueden ser sinceras, pero siempre son necesarias. Aunque sólo sea para indicar que el cuerpo de la carta ha terminado y evitar que un tercero añada algo. Y puestos a buscar el laconismo por encima de todo quedaba menos ridículo el bene tibi latino que el «abrazo» moderno: es más hipócrita prometer a un casi desconocido el éxtasis de una estrecha soba que desearle el bien.
Para evitar la uniformidad totalitaria sería conveniente conservar las pocas fórmulas arcaicas que subsisten. Pero ya el «Dios guarde a Ud. muchos años» suscita censuras de algunos progres. ¿Qué dirían si supiesen que el Rey sigue dirigiendo a ciertos monarcas cristianos cartas credenciales —para acreditar embajadores— que terminan: «Señor mi buen hermano y primo, de Vuestra Majestad buen hermano y primo Juan Carlos Rey»? No vemos más fórmula para modernizar la anterior que «adhesión democrática inquebrantable». ¿O el ubicuo «abrazo»?

(Este artículo se publicó en el ABC el 8 de Junio de 1985)

Estas reflexiones fueron un triste barrunte premonitorio de la desaparición del Dios guarde a Ud. muchos años, consumada el martes 22 de julio de 1986. En esa fecha publicó el Boletín Oficial del Estado una orden aboliendo las «fórmulas de salutación o despedida» y las de «tratamiento o cortesía» en los escritos administrativos. Todo un récord: por primera vez en la historia se suprime la cortesía por Orden Ministerial. Y el firmante fue un ministro, el Sr. Moscoso del Prado, que ya no lo era más que en funciones; pese a sus méritos progresistas perdió el cargo días después.

Notable contraste con Agustina de Aragón, en quien nunca lo cortés quitó lo valiente y que se despedía en carta al general británico Doyle diciéndole: «Quédese V. a Dios y mande a su apasionada y fina amiga que más le quiere de veras». Don Luis Jessen, que me facilita este texto, aclara que la carta no es en modo alguno amorosa, pese a la reputación de Agustina; es cortés y no cortesana. El Sr. Moscoso la hubiese fulminado. Bueno, la hubiera fulminado si hubiese tenido más agallas que ella, cosa difícil.

(Este artículo y su nota posterior fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón

martes, 15 de noviembre de 2011

De tomos y lomos

En nuestra gira científica por los pudrideros del idioma no podía faltar una visita a las librerías, con ojeada a las obras recientes. Y bien decimos ojear y no hojear, porque, de momento, tan solo en los lomos y portadas de los libros nos fijaremos. Se trata de hacer balance del estado actual del arte de titular las obras literarias.

Para ser bueno, un título de libro ha de reunir tres condiciones: ser fácil de recordar, no resultar cacofónico y provocar deseos de leer el libro. Nuestros clásicos eran muy conscientes de esta triple necesidad y —quizá en aras del primer requisito— usaban a veces refranes o frases hechas al bautizar sus obras: El perro del hortelano (de Lope de Vega) o Las paredes oyen (Ruiz de Alarcón). Algunos autores modernos, como Juan García Hortelano en Gramática parda, siguen acudiendo a este sistema de evidentes ventajas. El inconveniente surge cuando el dicho es largo y se reproduce entero, como Casa con dos puertas mala es de guardar (Calderón): el título sigue siendo memorable, pero pierde concisión. La memorabilidad es buena para todos e imprescindible para las obras de principiantes. Si un autor consagrado llama a su obra algo tan inane como Queremos tanto a Glenda, lo peor que puede ocurrir es que el lector la pida diciendo «deme eso de Amamos a Greta..., no, creo que se llama Tessa nos gustaba a todos..., bueno, ya sabe usted, el último de Cortázar». De todas formas le encontrarán el tomo. Pero si un desconocido publicase un libro con ese título languidecería en los anaqueles porque nadie podría pedirlo por su nombre ni por el del autor.

La segunda condición —eufonía— puede parecer trivial. No lo es. ¿Quién va a atreverse a pedir un trabalenguas como Fragmentos para Miss Urquhart (de Rafael Coloma)? Aun el trabalenguas deliberado y gracioso —tal que Tres tristes tigres, de Cabrera Infante— acarreará riesgos de rechazo freudiano en el lector. A veces éste traduce involuntariamente al lenguaje llano los títulos enrevesados. Así fue como uno de nuestros investigadores oyó preguntar en una tienda por las Cartas de un viejo verde. Se refería, claro estaba, a las Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, de Delibes. El lance recuerda al que refiere Antonio Machado: «A ver, ponga en lenguaje poético “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rua”.» «Lo que pasa en la calle.» «No está mal.»

El tercer requisito también se olvida a menudo hoy en día. ¿Quién se sentirá tentado por un tejuelo que rece Las condiciones objetivas (Javier Maqua) o Los helechos arborescentes (Umbral)? Quizá los filósofos y los botánicos, con el chasco consiguiente. En cambio, ¿quién resistirá la tentación de leer o ver representar una obra que se titule El vergonzoso en palacio? En esto como en todo es un error creer que las modas culturales entrañan cambios en la naturaleza humana. La curiosidad sigue siendo la misma y siempre se verá atraída por un rótulo que anuncie intrigas, amoríos o misterios. En su género los títulos de las novelas de Julio Verne eran perfectos. La vuelta al mundo en ochenta días o Cinco semanas en globo daban ganas de leer los libros para averiguar el detalle de las aventuras que el simple epígrafe prometía, y ni siquiera con la traducción a otro idioma se debilitaba el atractivo. En cambio la costumbre de Agatha Christie de titular sus novelas policíacas (Diez negritos, Tres ratones ciegos, etcétera) con coplas infantiles inglesas —recurso astuto en sí por el contraste curioso entre la frase risueña y el presumible crimen a que alude— plantea problemas insolubles al traductor. Los mismos que tendría un inglés para traducir una novela española de ciencia ficción llamada Quisiera ser tan alto como la luna.

Cuestión discutible sería en cambio si ha de exigirse al título que sirva de ventanuco para atisbar el contenido del libro. En nuestro teatro clásico casi siempre el nombre insinuaba certeramente la acción de la obra, como, por ejemplo, A secreto agravio, secreta venganza, de Calderón. Pero otros títulos igual de brillantes no cumplen esta misión, como La tempestad (Shakespeare). En definitiva, la función principal —aunque no la única— de ese letrero preliminar es la de anzuelo de lectores o espectadores. Si el título tiene gancho —por su gracia o belleza, o como sea—, vale. El hospital de los podridos (entremés atribuido a Cervantes) suena atroz, pero al menos no deja indiferente como Las bicicletas son para el verano. Sin duda para aprovechar el poder evocador de la música o la liturgia, muchos autores han acudido a títulos sonoros aunque herméticos: Sonatas (Valle-Inclán), Contrapunto (A. Huxley), Concierto barroco (Carpentier), Oficio de tinieblas (hay dos, uno oficiado por Alfonso Sastre y otro por Cela), De profundis (Oscar Wilde), etcétera.

Mención aparte merecen los libros buenos con títulos malos, aunque hemos intentado hasta ahora separar ambas cosas, el lomo y el resto del tomo. Pero es que hay casos notabilísimos. Tan sólo una novela genial como Robinson Crusoe ha podido gozar de doscientos sesenta y cinco años de éxito pese a un título que suena mal en su lengua original y en todas las demás. Es cierto que la eponimia es una costumbre literaria muy antigua, y casi obligada en las tragedias. Otelo no hubiera podido llamarse Historia de unos celos como un serial radiofónico cualquiera. Sin embargo, más vale escoger con tiento el nombre del personaje si va a dar título a la obra. En ese aspecto concreto Cervantes anduvo más inspirado con Pedro de Urdemalas que con Don Quijote.

Por último hay otro ingrediente —impalpable, indefinible y peligrosamente subjetivo— cuya ausencia coloca el nombre del libro al borde del ridículo, aunque reúna todos los demás componentes. Confieso que he vivido (Neruda) tiene un fallo misterioso. ¡Yo creo en la esperanza! (José María Díez Alegría) tiene el mismo defecto en grado sumo. No, no es porque usa signos de exclamación, ni por llevar un verbo, cosas ambas poco aconsejables en el lomo de un volumen. Tampoco es por el dislate lógico y teológico —en la esperanza no se cree, se tiene— ni porque da gana de replicar ¿y a mí qué? No es por nada de eso. Es que es cursi.

(Este artículo se publicó en el ABC el 25 de Mayo de 1985)

Hay que añadir una novedad literaria de título igualmente notable: Ahora que las algas agonizan, de doña María del Carmen Casala. Suena a epígono y consecuencia de También se muere el mar, de don Femando Morán.
También debo aclarar que Cervantes escogió pero no inventó el sonoro nombre de Pedro de Urdemalas, pues se trataba de un personaje popular que desde la Edad Media andaba zascandileando por España.

(Este artículo y su nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón

miércoles, 9 de noviembre de 2011

"Me fui al campo llevando las ovejas..."

“Todos los niños tienen talento literario, salvo Minou Drouet”, dijo Jean Cocteau en una de sus frases más falsas y brillantes. La niña era una poetisa poetastra preadolescente y sus ripios estaban escritos por su madre adoptiva, se dijo. Así es que ciertamente no tenía talento, pero tampoco todos los niños lo tienen como hubiera pensado un Rousseau cualquiera. Aunque también es cierto que hay menos escritores cursis entre los niños que entre sus mamás.

Por eso me sorprendió y me gustó tanto lo que a continuación podrán ustedes leer. Primero me lo enseñaron sus padres, a los que quiero mucho, pero cuya posible inclinación literaria decidí investigar, por si acaso. Tras verificar que no habían tenido ni arte ni parte en la obra de su hijo escritor (de 9 años), ni en la del retrato de éste por su hermano (de 11 años), fui yo quien les propuse acogerlo en esta bitácora. Sin ninguna condescendencia, al revés, sintiéndome honrado por poder ayudar siquiera modestamente a poner el pie en el estribo a uno de los muchos –espero que sean muchos- que dentro de unos años escribirán cosas más interesantes que las mías y mucho más interesantes que las de la mayoría de los ciudadanos de la República de las Letras de hoy.

Este texto -¿cuento, ensayo, prosa poética?- ya es interesante, por lo menos más que Azorín y Minou Drouet juntos.

Espero, pues, que su autor se anime a seguir escribiendo. Algún día sabrá que -acaso sin darse cuenta y milenios después- continuó el camino de los clásicos por los encinares de la Arcadia feliz. Eso es precisamente la tradición: entregar algo y recibirlo, de generación en generación. Buen viaje, muchachos.

Y buen viaje a este relato, que ahí va:


Me fui al campo llevando las ovejas, me tumbé debajo de una encina y me puse a dormir.
Al cabo de largo rato, escuché un ruido entre las plantas. Era una avispa que estaba aleteando fuertemente sus alas, y entonces volví a echar la cabeza sobre la hierba. Ya, no tenía sueño, entonces me dispuse a componer poesías como un poeta de los de verdad, como Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez.
Me salió una poesía que decía así:

Ayí adentro,
en el profundo mar,
navegan los peces con su remar,
y de las aletas, es el trabajar.
Yo, en mi barca,
también remo,
giro la cabeza,
y veo un reno,
con la cornamenta,
que parece lijada
y es afilada.

Justo en ese momento, apareció una niña de entre los matorrales.
Tenía unos ojos con un marrón fuerte y brillante, al igual que su cabello, que me hacía sentirme nervioso y también hacía que soñase en encontrarme en un momento menos intenso de mi vida.
No la veía muy bien porque me había hipnotizado.
Me dijo con una vocecita muy simpática, que salía de una pequeña boca, con unos suaves labios llenos de un colorete rojizo: Lo haces muy bien.
Yo le contesté bastante hipnotizado esta vez:
Gra, Gra, Gracias. La bella niña, se fue alejando poquito a poco, con admiro de mi tartamudeo.
Yo, no le entendía, porque los tartamudos no tienen nada de malo, pero bueno, como dice el refrán: entre gustos no hay nada escrito.
Me volví a tumbar y seguí con mis poesías. Esta vez sería más romántica, porque se la diría a aquella niña, que por cierto, le tenía que preguntar su nombre.
Después de largo rato compuse una poesía:

El mar
arrastra todo sin cesár,
hasta los barcos que se oyen navegar.
El amor, no lo arrastra nadie,
Si no que: se lo lleva el aire.

Después de unas cuantas horas, cuando ya estaba en la cama, pero todavía sin dormirme del todo, pensé si decirsela, porque la vergüenza me atacaba pero mi conciencia llegó a decirme que no lo haga.
Por la mañana, me desperté con mucha fantasía ya soñada y dispuesto a desobedecer a mi conciencia.
Fuí preguntando por unas cuantas casas hasta que: cinco calles más para abajo, encontré aquella preciosidad.
Yo, le dije: ¿quieres que te diga una “mini” poesía como la otra?
Vale, dijo ella, -pero ¡Ya no eres tartamudo!
No, ni lo era. - ¿Qué tienen de malo? Nada, esque yo fui tartamuda y le cogí manía.
Y¿cómo te llamas? ¿Yo? Inés ¿y tú? Tibur.
Bueno, allá va la poesía:

El mar
arrastra todo sin cesár
hasta los barcos, que se oyen navegar.
El amor, no lo arrastra nadie,
Si no que: se lo lleva el aire.

Inés me dijo: ¡que mono eres! En ese momento estába invadido por la vergüenza y todo lo que os podáis imaginar, porque sabéis muy bien que cuando una niña te dice que eres mono, hay almenos un hilillo de relación, a no ser que te vaya a decir que si podéis ser tan solo amigos, que ahí sería tu muerte.

Llegué a casa y mi padre me estaba esperando, no con los brazos abiertos como suele ser siempre. Yo, no había estudiado y mi padre me híba a preguntar la lección, después de haber tenido un día muy duro, por este motivo, cuando híba por la tercera pregunta se le estaban cerrando poquito a poco los ojos hasta quedarse dormido del todo.


* * *

Me levanté de la cama con los pelos de punta sin ningunas ganas de dirigirme hacia el cuarto de baño para peinarme.
Tras una hora de meditación acabe convenciendome para entrar en aquel cuarto.
Cuando ya terminé mis lavados personales, abrí la puerta y salí al campo.

Me tumbé en la hierba vajo la gran Encina y continué con mi meditación. Tras cinco minutos una poesía se situaba en el interior de mi corazón que se sentia con algo más que ganas de volver a ver a Inés.

Las palabras de la literatura española que ordenadas dan rimas, que te llegan al corazón, que en mi caso me simplifica las cosas en el pensamiento de un poema como el que sentía:

Yo en mi corazón,
sueño en tu regreso,
para poderte dar un beso.
El mejor momento de mi vida,
sería cuando te besaría.
Ayí,
vajo aquella gran encina,
en aquella extensa sombra
junto a la orilla,
soñaba en que estuviesemos juntos
tanto como unos juncos.









martes, 1 de noviembre de 2011

Cada loco con su tema

El dicho «cada loco con su tema» se refiere a la tema («idea fija que suelen tener los dementes», según el Diccionario) y no al tema (una de las temas o fetiches verbales de los políticos y periodistas de hoy cuando no saben qué decir). Dicha casta —no la de los locos, sino la de los políticos, periodistas, burócratas y demás formadores de opinión, «opinion-makers» en inglés— es muy aficionada a ciertas palabras, en general equivocadas, a las que atribuye valor mágico. Con razón, porque suelen permitirle ocultar la indigencia o lo torcido de sus razonamientos. De esas temas en boga hemos comentado ya varias, pero el disparatorio contemporáneo es rico y conviene proseguir su estudio.

Animal político.— Aristóteles dijo que el hombre es por naturaleza un «zoon politikon», o sea, un animal social y político en el sentido de dado a la vida en comunidad. Es notable dislate decir, como empieza a ser habitual, que el ministro Fulano o el diputado Mengano son animales políticos. Ya Unamuno aseguraba que los únicos animales son los que traducen así. Y es verdad, pero ¿qué más nos da que los formadores de opinión se llamen animales entre ellos? Sus razones tendrán. Será que han convertido la razón de estado en razón de establo, que decía el clásico español.

Tecnología.— No se llega a ninguna parte diciendo técnica. Hay que decir tecnología, que es más largo y más distinguido. Como hay que decir «noujau» (know-how) en lugar de pericia o conocimientos. La última edición del Diccionario de la Real Academia define técnica como el «conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve una ciencia o un arte» y tecnología como el «conjunto de los conocimientos propios de un oficio mecánico o arte industrial». La diferencia parece clara. Sin embargo, al redactor del preámbulo de ese mismo Diccionario no debió de gustarle y sacrificó la precisión verbal ante el fetiche, escribiendo esperanzado: «Es posible que las nuevas tecnologías que se han empleado en esta edición permitan que se haga la vigésimo primera en un plazo bastante más corto que el que separa la vigésima de la décimo novena.» En fin, vivan las tecnologías si nos evitan otros catorce años de espera hasta la próxima edición.

Compromiso.—El Sr Garrett, que dio clases de inglés a cientos de diplomáticos españoles, gustaba de decirles en broma que el castellano es tan intransigente que carece de una palabra que traduzca el «compromise» inglés, y que no deja de ser revelador que componenda tenga un claro sentido peyorativo. Quizá por eso nuestros diplomáticos —y detrás de ellos los susodichos formadores de opinión, como borregos— se apresuraron a lanzar el anglicismo compromiso. Lo único que han conseguido es que nuestra lengua sea un poquito más ambigua y pobre —mala cosa para la diplomacia— al desdibujar las acepciones legítimas de compromiso. Ni siquiera se trata de uno de esos neologismos necesarios, que llenan un hueco irritante. Es cierto que avenencia o arreglo no recogen el sentido de concesiones mutuas que tiene el pragmático «compromise» inglés. Pero acomodamiento y ajuste sí. Como también transacción. Bien, pues a pesar de todo se va extendiendo el uso espurio de compromiso. Su única ventaja —para los políticos, claro está, no para el resto de los españoles— es que cuando un hombre público dice que ha llegado a un compromiso con alguien ya no se sabe si se ha comprometido o ha transigido en algo.

Parámetros.— Es la tema perfecta, el fetiche más milagrero de los formadores de opinión. No quiere decir nada en absoluto. Nada. O todo, según el tono de voz o la intención íntima del que la usa. Intención que no hay por qué manifestar. Es un simple ruido, o garabato escrito. Se comprende que a los que viven de la ambigüedad les guste más que a un tonto un látigo. El Diccionario dice que parámetro es la «línea constante e invariable que entra en la ecuación de algunas curvas, y muy señaladamente en la de la parábola». Como eso sólo lo entienden los doctores en Ciencias Exactas, a los demás se nos puede hablar con impunidad de parámetros atribuyéndoles al azar el significado de marco conceptual de una cuestión, líneas generales de un problema, condicionamientos, solución, imposibilidad de toda solución. Cualquier cosa.

Por este camino llegaremos al lenguaje inefable. Inefable quiere decir, en puridad, que no se puede hablar. Cada cual hará su gárgara o su cacareo o su gruñido y le dará el sentido que le plazca, sin preocuparse de que lo entiendan o preocupándose de que no lo entiendan. Cuando llegue ese día del guirigay total habrá desaparecido la civilización y sólo podremos llorarla o encogernos de hombros y decir: «Cada loco con su tema.»


La tema del parámetro fue de nuevo examinada en el ABC el 4 de agosto de 1987, por don Fernando Lázaro Carreter. Aludió a su origen italiano y perfecta inutilidad —salvo para los estafadores— y provocó la apología proparamétrica del catedrático de Lógica don Manuel Garrido. A ésta replicó el profesor Lázaro (ABC, 17-10-87) reiterando su pobre opinión del parámetro extramatemático, «una intromisión pedantesca en nuestro buen hablar». Y en el mismo periódico (13-11-87) volvió a la carga, airado pero docto, el profesor Garrido. No me convence su defensa del parámetro de los formadores de opinión; peca de optimismo impropio de un catedrático de Lógica si no ve el peligro de dar semejante arma polisilábica a los charlatanes.

(Este artículo apareción en el ABC del 29 de Junio de 1985 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



P.D.:
“Razones, no de Estado, sino de establo” es frase aplicada a Maquiavelo por Baltasar Gracián (El Criticón, Primera Parte, Crisi Séptima). Ahora recuerdo que cuando escribí este artículo hace 26 años me cansó comprobar si la frase era de Gracián y acudí al fácil recurso de atribuírsela a “el clásico español”. Pero en la actualidad basta con teclear una frase en un buscador para que unos apuntalen su cultura tambaleante y otros finjan la suya. Está claro que los dos únicos inventos útiles de los últimos lustros son el Goretex y el Internet, aparte de medicinas que pronto harán invivible el planeta de los siete mil millones de hombres.

Otrosí, también acabo de recordar que mi docto amigo Joaquín Torrente me señaló hace mucho que la expresión en puridad es equívoca. Y, en efecto, verifico ahora que puede querer decir tanto “sin rebozo, claramente y sin rodeos” como “secretamente” (DRAE, 2001). Como para creer que la ambigüedad es fruto reciente en nuestra lengua. Se conoce que siempre hubo formadores de opinión y otros estafadores más amigos de la oscuridad que de la pura puridad.




Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

jueves, 27 de octubre de 2011

Citas desde la caverna (VIII)

La Academia de España en Roma es "una merienda de negros, ¡pero de negros cimarrones!"... "¡Sáqueme de este purgatorio!"
Carta de Valle-Inclán a Salvador de Madariaga del 4 de Mayo de 1934

http://revistadelibros.com/articulo_del_mes.php?art=5033

"La injerencia política envenena el relevo en la Academia de España en Roma".
Titular del ABC de ayer, 26 de Octubre de 2011

http://www.abc.es/20111026/cultura/abcp-injerencia-politica-envenena-relevo-20111026.html

O sea que 77 años después estamos en las mismas. La única diferencia es que los de antes, Valle-Inclán y Madariaga, no eran políticamente correctos y escribían mejor.

martes, 25 de octubre de 2011

Dos antologías poéticas de Fernando Ortiz

Miradas al último espejo (Poesía 2007-2010). Fernando Ortiz. Diputación de Sevilla, 2011
Poesía de una vida. Antología poética 1978-2011. Fernando Ortiz. Diputación de Sevilla, 2011



Qué humilde la verdad de la hermosura, murmuraba a veces un montañero amigo mío mientras paseaba por el monte fijándose en la belleza y modesta gallardía de las flores que soportan los rigores del yermo. No lograba recordar dónde había leído el endecasílabo. Y es que lo memorable se suele volver (por injusticia o por tributo) anónimo. El verso es de Fernando Ortiz y recoge varias de las señas de identidad de su poesía, cuyas diversas facetas quedan por lo demás muy bien retratadas en estas dos antologías.

La primera seña de identidad sería la elegancia, en el sentido matemático del vocablo: “característica de una comprobación que deriva el resultado de manera sorprendente de teoremas en apariencia no relacionados”. Huelga decir que esa elegancia no es blando amaneramiento sino todo lo contrario. De ahí que Ortiz pueda afirmar con Quevedo vivo en conversación con los difuntos, empezando por el propio Quevedo y el resto de los poetas barrocos españoles. De su familiaridad con ellos da fe el último, sombrío y brillante poema en ambas antologías: Homenaje al soneto barroco. En perfecto bucle, es un soneto muy barroco, precedido de unas soleares que dicen lo mismo en tono popular, y el ninguna de las dos composiciones hay una sola palabra que suene pretenciosa, oscura o falsa. Señal de que la elegante sencillez es, además, versátil.

Para eso hacen falta cultura y lectura de toda una vida, amén de un oído poético prodigioso, pese a declararse “el mejor poeta sordo de su calle”. Sus lecturas son muy diversas y él agradece a los clásicos lo mucho que les debe en Si mi palabra vale viene de ellos: Homero y Virgilio, Arnaut Daniel y los provenzales, Ronsard, Donne, Eliot, el Mío Cid, el Siglo de Oro español, los Machado. Y en otros lugares reconoce con generoso orgullo su admiración por otros poetas españoles del siglo XX. Pero la gran deuda instrumental la reconoce a la buena biblioteca paterna y al buen profesor de griego y latín en el bachillerato. Así dice, buenos, que es mucho decir en boca de hombre parco en superlativos.

Fundamenta, pues, todo lo hasta ahora dicho en la tradición, entendida a la manera de T.S. Eliot, a quien admira y de quien aprende. Incluso aconseja repetidas veces acatar su máxima: “un buen poeta suele tomar prestado de autores remotos en el tiempo, o ajenos en la lengua, o de distintos intereses”. Además, dice Ortiz, “saber bien el oficio es indispensable” – y él lo sabe, y se deleita ejerciéndolo – “pero la poesía, si alguna vez se alcanza, es más. Es la alta noche de los místicos, el acorde de Cernuda”. “El proceso de creación poética ha sido siempre algo misterioso y emparejado a lo sagrado…”. “Se escribe poesía porque se lee poesía, y su poder encantatorio u órfico […] nos seduce a muy temprana edad”.

Difícil sería explicar mejor el papel de la traditio en la creación artística, desde Altamira hasta hoy. O quizá hasta ayer. Hay que agradecer estas últimas antologías al mayor preceptor y creador de la llamada Generación poética de la Transición.

(Esta reseña apareció en el ABC Cultural del 15 de Octubre de 2011, bajo un buen título escogido por la redacción del periódico: Préstamos líricos)

Si en su librería habitual no tienen estas dos antologías de Fernando Ortiz, por favor díganle que los encarguen al distribuidor: info@maresdelibros.com

Enlaces relacionados:
Interpretación auténtica de Fernando Ortiz

miércoles, 19 de octubre de 2011

Por gusto

Para celebrar mi paso -desde ayer- a las activas clases pasivas, empiezo este otoño una serie de conferencias cuyo título, si lo tuviese, sería Por gusto. Tratarán sobre literatura. O, más exactamente, sobre lectura, y por qué ésta puede y debe ser ante todo un disfrute. Bajo el mismo título estoy preparando, a la vez, un libro, pero eso es ya otra historia.

Para más detalles sobre estas conferencias, entre aquí:
www.youtopia.es

jueves, 13 de octubre de 2011

Un tren fabricado por Carmen y conducido por Don Quijote

Lo malo de las declaraciones es que nunca cabe todo lo que uno quería decir ni se entiende todo lo que aparece publicado. Reproduzco a continuación lo que salió en el ABC del pasado 7 de Octubre, y para mayor exactitud vayan a este enlace:

El español es un gran vehículo para razonar



Al hilo de esta idea se me ocurrió otra cosa, pero ya no cupo. Pensé que -en todo caso- más obra de Franco serían el catalán y el vascuence que el español. Los hablantes de catalán se quedaron con la impresión de que su lengua había estado por completo proscrita, y olvidaron cuestiones como que durante el gobierno de Franco, entre 1939 y 1975, se imprimieron más libros en catalán que durante los cinco siglos anteriores, desde la invención de la imprenta en 1440. De este modo la imagen del catalán cobró tonos mártires de lengua perseguida a la par que aumentaban grandemente sus posibilidades de ser leida. Otra cosa es lo que se podía publicar en catalán: no era todo, como no lo era tampoco en castellano.

En cuanto al vascuence, también se olvida que las ikastolas empezaron a funcionar legalmente en la época de Franco.

En fin, estos dos asuntos fueron investigados y documentados hace ya unos años, creo recordar que por don Gregorio Salvador. En cuanto encuentre el libro en el caos de mi librería daré aquí la referencia exacta de tan singulares hechos.

lunes, 3 de octubre de 2011

El SHIT

Al español le va la marcha, al menos en el terreno de la hipérbole. Si no le golpean con fuerza la imaginación no reacciona. Cuando un inglés quiere decir que algo le resulta incomprensible, asegura it’s all Greek to me. Un francés va más lejos y dice c’est de l’hébreu pour moi. Pero un español, sin duda convencido de que el griego o el hebreo parecerían lenguas sencillas a su interlocutor, se ve en la obligación de afirmar para mí es chino.

Bien es verdad que la búsqueda de superlativos nuevos y cada vez más desaforados es fenómeno común a todas las lenguas. La noción de lo óptimo, por tomar un ejemplo, despierta en los franceses una insospechada vena surrealista y llegan a decir en argot de algo muy bueno que es vachement chouette (vacamente lechuza). Los ingleses se lo toman a la tremenda y dicen que es terrific (terrorífico). Son, sin embargo, los españoles los que más truculencia, pansexualismo y blasfemias —más imaginación pervertida, en suma— derrochan en los sinónimos de óptimo: brutal, bestial, cojonudo, de puta madre, la leche, la hostia. Aun sin caer en la grosería hay en el castellano popular mil maneras pintorescas de decir de alguien o algo que es excelente: fuera de serie (hace treinta años estaba en boga como sustantivo y en el sentido de superdotado; solía aplicarse a los empollones que sacaban más de una oposición, aunque después no hicieran otra cosa que vegetar), de película o de cine, chulísimo, guay o moloncio. Este adjetivo —como su verbo de origen, molar— es el último grito entre los jóvenes. Sus bisabuelos introdujeron as, probablemente por influjo del nombre dado a los grandes pilotos de la primera guerra mundial. De la misma época, aunque no estamos seguros, debe de ser el ya desusado superferolítico, que empezó siendo un tanto peyorativo (significaba delicado o fino en exceso) y terminó en alabanza.

Este proceso de exageración creciente en el encomio encierra una doble paradoja. En primer lugar que cuanto más extremoso y estrafalario sea el neologismo menos dura. Extraordinario lleva vigente cinco siglos, fetén se usó unos años. Por la ley del rendimiento decreciente la desmesura progresiva tiende a cansar. Y al ser cada vez más difícil superar la enormidad de moda aparece el Síndrome de la Hipérbole Inalcanzable Totalmente (SHIT). Algunos jóvenes de hoy, los más modernos, recurren —presas del SHIT— a la hipérbole moderada, y valga la contradicción. Califican cuanto los asombra de demasiado (demasié en cheli), grande, importante o total.

La segunda paradoja es que una lengua tan rica en términos de encomio pertenezca a un pueblo tan reacio a reconocer la excelencia. «Yo he observado en muchos españoles cierto desvío enojado a reconocer distancias infinitas entre unos hombres y otros de sabios, de héroes, de poetas», apuntó Ortega y Gasset. Don José apreciaba mucho a los egregios (una de sus palabras predilectas) y sufría con «esa manera celtíbera de sentir la democracia como nivelación universal». ¿Qué hubiera pensado de la nueva moda de usar elitista como insulto? Si elitista es quien aspira a la perfección en sí mismo y en los que lo rodean, ¿qué hay de malo en ello? El término empieza a emplearse como reproche en todo lo relacionado con la educación. Será que los que lo usan no desean, cuando acuden al dentista o a un restaurante, que los responsables de la faena hayan pasado respectivamente por escuelas de odontología y de cocina muy elitistas. Pero suena a recriminación hipócrita y en cierto modo recuerda a la que espeta un historiador marxista a otro que no lo sea, cuando éste alega hechos fehacientes que no convienen a aquél: «Ha caído usted en el objetivismo burgués».

Claro es que la culpa de estos embrollos dialécticos —mezcla de Kafka y Jardiel Poncela— la tienen quienes, acoquinados, no se atreven a contestar: «Sí, señor. Soy un elitista y he caído en el objetivismo burgués. Pero no he caído, como usted, en el SHIT».



«Das kommt mir Spanisch vor (eso se me antoja español) dicen los alemanes cuando algo les parece extraño, incomprensible o incluso sospechoso», me escribe doña Erika Holweg a propósito del primer párrafo de este artículo. Lo completa, creo, y hace pensar que los alemanes no sufren del SHIT, al menos cuando usan comparaciones tan realistas.


(Este artículo apareción en el ABC del 19 de Abril de 1986 y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

lunes, 26 de septiembre de 2011

Toda tema es postema

«Toda tema es postema», advirtió Gracián. Como es sabido que los que han hecho el Bachillerato en los últimos años son casi analfabetos, convendrá aclarar para su gobierno que la sentencia quiere decir que toda obsesión es un absceso. Gracián emplea, pues, tema como substantivo femenino en la acepción definida por el Diccionario como «idea fija que suelen tener los dementes». Acepción que nos parece muy idónea para calificar ciertos usos lingüísticos hoy en boga entre algunos periodistas, políticos e intelectuales semialfabetizados. Más que errores crasos son torpezas, muletillas pretenciosas y solecismos propios del mediopelo cultural. Sin ánimo de recogerlas todas —la mies es mucha— agavillaremos hoy unas cuantas temas para presentar a nuestros lectores en este junio florido un ramillete de memeces de moda.

El tema. Si Gracián volviese a este mundo deduciría que la mayor tema es el tema (en el sentido de «asunto o materia», claro). Hoy todo es tema: el tema del suspenso del niño, el tema de la OTAN, el tema de las letras del coche, el tema de la ecología. Todo lo que hasta hace quince años se llamaba cuestión, asunto, negocio, problema o incluso tema —según los matices— ahora se reduce a tema. Como una gran concesión a la riqueza de volcabulario, y cuando el caso es ya desesperado, se habla de problemática (nunca de problema). Así, cuando lleva tres años sin llover los ministros hablan de «la problemática del sector». Cuando solo ha sido malo un año, mencionan «el tema de la pluviometría adversa». La gente del campo, menos fina, lo llama sequía o seca, blasfemando y haciendo rogativas. Porque no hay que olvidar que los temas están hechos para ser tocados en profundidad por un colectivo de expertos. No sirven para llorar, desesperarse o entusiasmarse con ellos. De ahí que los tecnócratas pusieran de moda la palabra. Sirve para desdramatizar las situaciones, que dirían ellos.

Lúdico. Es primor muy apreciado. Un titular como «Los niños podrán festejar en ambiente lúdico la feria dedicada a la lectura» (ABC, 2-6-85) podría redactarse «Los niños podrán jugar en la Feria del Libro», pero entonces perdería gancho para los viciosos de estas temas, ya que no para los niños. Aunque el término de marras ya aparece en el Diccionario (hasta esta última edición sólo se recogía lúdicro) sería triste que su uso desterrase el de los otros muchos vocablos referentes al juego y al regocijo de los que dispone el castellano: retozar, triscar, juguetón, travieso, festivo.

Masacre y holocausto. Hoy en día si hay más de tres muertos se habla de masacre, y si son más de diez se dice holocausto. Los Santos Inocentes fueron más y sin embargo su muerte se califica de matanza. En Centroamérica, donde saben mucho de eso, la gente se regodea previendo una «matazón de hijos de puta». ¿Qué ha pasado con nuestras entrañables matanzas, matazones y otras degollinas tradicionales? Pues que han perecido, víctimas del inexorable Síndrome de la Hipérbole Inalcanzable. En otro artículo les explicaremos de qué se trata.

Un cerebro gris. En cada organización se asegura que hay uno. En la Banca, en el Ejército, en cada sindicato o en cada partido político tiene que haber un Cerebro Gris. Se supone que es el poder oculto que hace y deshace entre bastidores, el genio que actúa siempre en la sombra. Prescindiendo de lo difícil que se hace creer que algo, bueno o malo, en la España de hoy sea producto del frío cálculo de un gran organizador escondido, la expresión cerebro gris es en sí un dislate hijo de la ignorancia de nuestros mentores intelectuales. El cardenal Richelieu tenía un confidente y consejero, el padre Joseph, un fraile que llegó a ejercer gran poder sin abandonar el talante retraído y la apariencia humilde. Este valimiento y el contraste entre la púrpura de Su Eminencia y la parda estameña del fraile hizo que el padre Joseph fuese apodado con ironía temerosa la Eminencia Gris. Aldous Huxley escribió un libro sobre él, con ese título, hace cuarenta años. La expresión hizo fortuna en el mundo anglosajón y se usa para designar a cualquier político o burócrata con más poder real del que ostenta oficialmente. Cuando se importó la locución en España algunos listillos creyeron que se refería a la materia gris que contiene el cerebro, y en el suyo —en su cerebro o en lo que haga las veces de tal— se debieron de cruzar algunos cables, naciendo triunfal el latiguillo del cerebro gris.

Lo malo de estas temas —y otras que ya iremos disecando— no es tanto su condición ridícula o reiterativa cuanto el empobrecimiento que acarrean en nuestro vocabulario. Con un mecanismo parecido al que en la economía describe la ley de Gresham («el dinero malo expulsa al bueno») estos fetiches verbales terminan asesinando a sus sinónimos de mejor derecho, mayor belleza y superior precisión. Depauperan el castellano. Y el único juicio de valor seguro en la evolución de una lengua es que todo empobrecimiento es malo.

Por eso nos atrevemos a pensar que si Gracián levantase la cabeza complementaría su «toda tema es postema» con un tajante toda tema sea anatema.

(Este artículo se publicó en el ABC el 22 de Junio de 1985)

A propósito del Père Joseph, consigue la mejor quintaesencia de dislates don Domingo del Pino en su artículo Los Bolonios (El País, 13-4-86), donde dice:

«Un español de auténticas calzas bajo la sotana, Gil de Albornoz en su tierra, Aegidius Albornotius entre los italianos, cardenal de grandes designios al estilo de aquel jesuita descalzo que inmortalizó Aldous Huxley en La eminencia gris, reconquistó en tierras de la Reggio-Emilia las propiedades, fincas, palacios, ciudades, condados y marcas a que la Iglesia romana creía tener derecho como heredera de Pedro, sometió a nobles y plebeyos y acumuló títulos y privilegios».

Los «jesuitas descalzos» no existen, el Père Joseph era capuchino y, sobre todo, el Cardenal Albornoz era lo contrario de una eminencia gris: era una eminencia purpurada, arquetipo del género y prototipo de Richelieu. Y el Sr. del Pino, fenotipo del listillo español.


(Este artículo y su nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

jueves, 15 de septiembre de 2011

Botones de muestra (V)



Esta es una novela picaresca -escrita por un autor nada pícaro- que escoge como protagonista a un pícaro inocente, mánico-depresivo, opositor a notarías, obeso y de nombre Simbad Martínez. La unidad de acción es bastante intensa pues dura un año y 494 páginas. Ni una es aburrida. Los lances, en el Madrid de hoy, tienen todos un algo de Kafka y un mucho de Cela, de Mihura y hasta de Tintín, o mejor dicho de los dos policías tontos, Dupond y Dupont, representados por Aguayo y Torrecilla.

El efecto final no es sólo el clásico de la novela picaresca –nihilismo mezclado con añoranza de un mundo menos estúpido y cruel- sino burla surrealista con una palpable e injustificada esperanza en el porvenir.

Esto último se opone a la constante presencia de aforismos al estilo de Cioran, de los que es autor Simbad Martínez. Bien mirado y si relee uno a Cioran verá que es menos pesimista de lo que uno cree recordar porque no ha perdido el humor, un cierto humor salvaje, nada melancólico. Miguel Albero tiene tal oido literario que del medio centenar de aforismos que salpimentan la novela, cada lector puede intuir cuáles son un trasunto de Cioran y cuáles, más surrealistas, de Ramón Gómez de la Serna o de Jardiel Poncela. Y sin embargo, todos son rigurosamente (o suavemente) originales. Por ejemplo:

Hoy no puedo vivir todos los días

Los meses terminan y empiezan los meses.
Tampoco aquí se nos concede tregua alguna.

No hay sinvivir.
Sin vivir.
Eso quisiéramos.

Saber que existes me hace ser.
Perderte sería perderme.

No vivir siempre es más hermoso.
Vivir no siempre es la quimera.


Al releer los ejemplos que anteceden entro sin querer en el juego de detectar los influjos heterogéneos. ¿Gracián, el Barroco? Y a veces emerge, como una ballena cubierta de percebes, un aforismo grandilocuente pero nada serio, como un Viva mi dueño en la panza de un cacharro de loza:

De mi pueblo soy,
por mi pueblo vivo.

Mi pueblo es mi vida.
Por eso soy, por eso vivo.


Claro que esto ya es al final de la novela, donde el desengaño llega devolviendo la razón al pícaro, después de una batalla burlesca pero brutal en un supermercado. Este último episodio, como el resto de la acción constante en las tres partes de la novela, serían perfectas para una o varias películas. Las películas serían como la novela, que alguien tan tajante y agudo como Evelyn Waugh hubiera calificado de very funny, very sad. Quizá sea porque la dichosa contemporaneidad insobornable que nos ha tocado en suerte es así, triste y cómica a la vez. O sea, grotesca. Esta novela está en la mejor tradición española de retratar esa realidad grotesca.




Ya queda menos
Por Miguel Albero
Zut Ediciones S.L.
Málaga, 2011



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martes, 13 de septiembre de 2011

De reala de catetos a colectivo de cursis

España ha pasado en cincuenta años de ser un país de catetos a ser un país de cursis.

Esto no es en sí ni bueno ni malo; es un mero hecho sociológico. Su corolario lingüístico es por el contrario fácil de valorar: un desastre. El cambio salta a la vista, o mejor dicho al oído. El cateto —ya fuese campesino ya pequeño artesano de pueblo o ciudad— tenía un vocabulario muy rico, porque lo necesitaba en la vida diaria, mientras que su nieto el cursi no precisa más de un millar de palabras y por consiguiente ése es todo el horizonte de su léxico. En su trabajo de oficina o de fábrica no necesita más de una docena de vocablos especializados, y un número parecido para el automóvil, el fútbol o la caja tonta. El evidente empobrecimiento ha sido muy estudiado, pero uno de sus aspectos concretos no parece haber sido objeto de atención particular. Nos referimos al triste caso de la desaparición de los nombres de conjuntos.

El castellano es, o era, muy rico en nombres que designan las agrupaciones de cada clase de animales, personas o cosas. No se dice un grupo de abejas, pájaros o peces, sino enjambre, bandada o banco respectivamente. Pero además hay nombres peculiares según la especie del animal. Igual que disponemos de robledal o pinar para precisar ciertos tipos de bosque tenemos bando para las perdices y algunas otras aves, recova para los perros de montería, rebaño para las ovejas o cabras, etcétera. También hay palabras distintas según el número de individuos que componen ciertos grupos: no es lo mismo un hatajo que una punta o una piara de ganado. Como varía en ocasiones el nombre del conjunto según la disposición de sus unidades o la función que en ese momento desempeñe, y no es lo mismo un tiro de mulas (enganchadas) que una recua de mulas (en hilera y usadas como bestias de carga).

Los matices son múltiples. Casi todos sabemos que no es lo mismo una yunta (de dos bueyes) que una collera (de dos pájaros) o un tronco (de dos caballos o mulas), pero pocos recuerdan que manada no sólo se aplica a los lobos y otros animales salvajes sino también a los cerdos y a otros ganados que no forman rebaños. Y muy pocos saben lo que es una parada o una baraja (de cabestros), igual que tiende a olvidarse la diferencia entre una partida (de cazadores) y una armada (de monteros). Ni siquiera, pues, cuando el grupo es humano hemos logrado mantener la variedad específica. La cuerda de presos, la familia de criados o la cuadrilla de bandoleros (esta última relevada por el pretencioso eufemismo de «comando», en general de etarras) van cayendo en el olvido. Hasta la humilde ristra de ajos desaparece, víctima de la substitución de la cocina por las latas de conservas.

¿Y el puterío? ¿Y la farándula? ¿Y la soldadesca? ¿Acaso no subsisten en carne doliente y hueso quebradizo? ¿Qué ha ocurrido con los mil nombres gregarios variopintos que daban color y precisión a nuestro idioma? Ya sus mismas desinencias indicativas de la condición de conjunto prestaban variedad eufónica a la lengua. Doña María Moliner las tiene catalogadas en su diccionario, como caracolas que encierran distintos ruidos del mar. Hasta diecinueve sufijos típicos de los nombres de conjunto recoge. Basten algunos ejemplos para recordar la sonoridad de que es capaz el español: raigambre, velamen, mezcolanza, parentela, cornamenta... Ahora ni los cuernos se salvan de la simplificación fonética y conceptual. La depauperación del repertorio se agrava al imponerse uno de los fetiches verbales más conspicuos de nuestros días: el colectivo.

Cual heraldo de la era colectivista que se nos propone, el substantivo colectivo aparece cada vez que se menciona a un grupo de individuos unidos por algún objetivo o circunstancia común, permanentes o transitorios. Un colectivo de prostitutas protestan, un colectivo de analfabetos escribe un manifiesto, un colectivo de agricultores franceses prende fuego a veinte camiones de lechugas españolas, etcétera. A veces se llega a hablar de «una coordinadora (otra palabra mágica) de colectivos». O se echa mano de otra de las temas de nuestro tiempo, que es emplear serie («se produjo una serie de explosiones simultáneas») olvidando que se trata de un conjunto de cosas o acontecimientos sucesivos y no sincrónicos.

Uno se pregunta a dónde habrá ido a parar la famosa imaginación del español. A fin de cuentas los ingleses conservan en uso su añeja lista de agrupaciones de animales y siguen diciendo, por ejemplo, «a pride of lions» (un orgullo —por manada— de leones), y los franceses no han desechado la vieja acepción de teoría (procesión, cortejo) y pueden decir «une théorie de séminaristes». Si los españoles no quieren guardar vistosas antiguallas, ¿por qué no inventan otros términos igual de sugestivos? Con lo fácil que sería acuñar expresiones que evitasen el monótono —y algo inquietante, que huele a soviet— colectivo. Ahí va un puñado de sugerencias: una piojera de inspectores de Hacienda, una pavada de diplomáticos, una sangría de médicos, un borrón de escritores, un monipodio de políticos, un sarpullido de funcionarios, una gárgara de periodistas, un miasma de maestros, un momio de catedráticos, un chuponcio de abogados.

Será que el cursi ni inventa ni sabe conservar las invenciones de sus abuelos catetos. Ortega y Gasset no se resignaba a que España estuviese invertebrada por falta, entre otras cosas, de minorías selectas. Nosotros, modestos lingüistas, acatamos el cruel hado histórico —o biológico, o lo que sea— que nos priva desde hace casi dos siglos de tales minorías. Pero ¡quitarnos ahora hasta a los catetos...! Por usar uno de los pocos neologismos atinados de hoy, es demasié. Es triste pasar de ser una reala de catetos a ser un colectivo de cursis.


(Este artículo se publicó en el ABC del 27 de Julio de 1985)


España no se convirtió oficialmente en un colectivo de cursis hasta un poco después, cuando fue admitido en el Diccionario de la Real Academia el término colectivo. Nos los explica así don Fernando Lázaro Carreter: «Del vocabulario marxista penetra en el caudal general colectivo: “Cualquier grupo unido por lazos profesionales, laborales, etcétera”; no sobraría haber añadido los lazos ideológicos y de intereses, cuando menos» (ABC, 7.2.87).

Por otro lado, don José Pedro Pérez-Llorca me dice que olvidé un bonito nombre de agrupación, de la era precolectivista: cardumen (banco de peces). No fue olvido, fue ignorancia. La reparo ahora con gusto pues aunque el nombre no es bonito —rima con cerumen y cacumen— sí es interesante y suena raro. Aunque Corominas afirma que dicho portuguesismo tan sólo consta hoy en América, mi paisano lo ha oído en la provincia de Cádiz.


(Este artículo y su nota fueron recogidos en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

miércoles, 31 de agosto de 2011

Karacho y otras exportaciones españolas

¿A que no saben ustedes qué es una camisada? ¿No? Pues no se preocupen, que la Real Academia tampoco lo sabe, o por lo menos no incluye dicho vocablo en su Diccionario. Ni siquiera aparece en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española, de Covarrubias, el más simpático de los Consultores del Santo Oficio de la Inquisición y el más ameno de los lexicógrafos. Covarrubias discurre, muy docto, sobre la voz camisa, y dice cosas como «Saltar en camisa, quando la prisa no da lugar a vestirse, como les acontece a los que tratan con mugeres casadas y sobreviene de repente el marido. Estar la muger con su camisa, estar con su regla o menstruo, porque no la ha de mudar hasta que de todo se le aya acabado la purgación; y las que por muy limpias lo han hecho, les ha costado caro y a muchas la vida». Pero de camisada, nada.

Nosotros mismos tampoco conocíamos la palabra hasta hace una hora, en que hojeando el Oxford English Dictionary en busca de otro término nos topamos con camisado (otras veces escrito camisade, y aun cammassado), substantivo inglés arcaico definido como ataque nocturno en el que los asaltantes llevaban una camisa por encima de la armadura para reconocerse entre ellos. Su uso en lengua inglesa aparece documentado por primera vez en 1548. Y viene, según el citado diccionario, de la palabra española camisada. Tras la búsqueda infructuosa arriba relatada, espíritus menos concienzudos que el nuestro habrían llegado a dos conclusiones. Primera, que los filólogos británicos eran unos estafadores. Segunda, que si no lo eran porque camisada subsistía arrumbada en algún limbo lingüístico, entonces la etimología confirmaba el viejo lugar común de que España sólo ha exportado a lenguas extranjeras vocablos bélicos o políticos, siempre algo truculentos. Ambas conclusiones habrían sido falsas. Al cabo de un rato más de investigación —y ya escrito el primer párrafo de este artículo— encontramos la dichosa voz castellana, madre de la inglesa. Viene en todos los diccionarios y con la misma acepción que en inglés, pero bajo la forma de encamisada, que Covarrubias define como «el santiago que se da en los enemigos de noche, cogiéndolos de rebato; y porque se conozcan los que van a dar el assalto y se distingan de los enemigos llevan encima de las armas unas camisas». Así es que dejamos sin corregir el comienzo de este ensayo, como advertencia contra la ligereza, propia y de extraños.

La otra ligereza, muy común, es el sofisma según el cual las lenguas modernas sólo han tomado del español términos con resonancias políticas o guerreras negativas. Es cierto que en inglés se usa desde 1610 desperado (por aventurero desesperado) y en francés desde el siglo XVI désespérade (por acción desesperada) y que ambos son préstamos del castellano. Que en inglés se empezó en 1641 a decir junto (por camarilla) y en francés junte (por consejo o asamblea, sin matiz peyorativo) desde fines del siglo XVI. Que el hispanismo pronunciamiento se emplea en Francia desde 1838 y en la Gran Bretaña desde 1843. Que todo el mundo tradujo, adoptó y sigue usando desde hace casi medio siglo la expresión quinta columna, acuñada durante nuestra última guerra civil cuando el general Mola afirmó que además de cuatro columnas de fuerzas militares que convergían para tomar Madrid existía en el interior de la capital una quinta columna de simpatizantes. Esa expresión y el no pasarán fueron muy apreciados en el extranjero, donde, sin embargo, a nadie se le ocurrió la réplica evidente a la última expresión citada: Pues ya hemos pasado, que puso de moda Celia Gámez en una copla hacia 1940. También es verdad que el principal legado lingüístico de nuestra guerra de la Independencia es la voz guerrilla, aceptada en todos los idiomas para designar un tipo de guerra cada día más frecuente y más atroz. Todo eso es cierto, pero sin mayor importancia. En una reducción ad absurdum podríamos estremecernos de masoquismo pensando que fuimos los españoles quienes trajimos a las lenguas europeas desde el Caribe la palabra caníbal.

Pero, claro está, son cientos los términos españoles de muy diversa laya que hoy circulan en docenas de lenguas extranjeras, y los hay torvos y afables, sórdidos y bucólicos, villanos y nobles. No vamos aquí a hacer una apología de nuestras exportaciones léxicas, pero sí a señalar una jovial, aunque poco conocida. Es como para enorgullecemos del genio impetuoso y fértil del castellano. En algo parecido estaría pensando Ortega y Gasset cuando dijo que el pensador debía acercarse a las ideas «con viril afán taladrador». Así parece que se ha acercado el castellano, incontinenti, a Europa. Porque ¿a que tampoco saben ustedes cómo se dice en alemán ir con velocidad, hacer algo con ímpetu? Pues se dice con Karacho. Es expresión nada zafia. Y comprenderán ustedes que viene del español si les recordamos que en alemán la che se pronuncia como la jota española.


(Este artículo se publicó en el ABC del 26 de Octubre de 1985, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))



Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy

Título: El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy.
Género: Ensayos
Autor: Marqués de Tamarón. Prólogo de Amando de Miguel.
Editores: Áltera
Año de publicación: 2005
ISBN: 84-89779-83-X






Artículos recogidos en esta bitácora y comentarios:
De tomos y lomos
Un abrazo
Toda tema es postema
Cada loco con su tema
El ciempiés culilargo
De reala de catetos a colectivo de cursis
El intelectual y sus héroes
El ruiseñor cristiano y otros pájaros cantores
Asombrar y sorprender
Karacho y otras exportaciones españolas
El tuteo
Muerte de uno
Excelentes y serenos señores
El usted amoroso
"...alienum puto"
Tontos en varios idiomas
El SHIT
Fiat lux
Con perdón
El cocido del hedonista
Belleza maculada
Ánima clara
Concisión o silencio
Trampantojos
El habla de 1988 y la de 2006, con posdata de 2012
Adiós a la biblioteca ociosa
Emputecimiento
El carlitos
Nada nuevo bajo el sol
Los falsos amigos
Deliberando groserías
El triunfo de Calibán
Premios de 1986
Tres mentiras

Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

miércoles, 24 de agosto de 2011

El cocido del hedonista

Hubo un tiempo en que cavilé mucho sobre las diferencias entre el hedonista, el sibarita y el epicúreo. La verdad es que hoy los tres términos se emplean casi como sinónimos para definir a quien en la vida busca ante todo el placer. A duras penas encuentra uno, rastreando en diccionarios, leves distingos semánticos. Tal vez hedonista sea término más general, acaso sibarita evoque una idea de lujo, quizá epicúreo insinúe mayor refinamiento. Puede que al glotón de cocido convenga llamarlo hedonista, al obseso de caviar sibarita y epicúreo al aficionado a la sopita de verduras de exquisito condimento. En todo caso los matices se afianzan acudiendo a la etimología: hedonismo viene de hedoné (placer en griego), sibarita era el habitante de la antigua Síbaris, ciudad de la Magna Grecia reputada por su lujo y regalo, y epicúreo es el discípulo de Epicuro, filósofo ateniense del siglo III antes de Cristo, partidario del placer como bien supremo pero tan enemigo de la voluptuosidad que su ideal, dice don Julián Marías, «es de un gran ascetismo y, en sus rasgos profundos, coincide con el estoico».

No se le ocultará al astuto lector que cuanto antecede tenía un interés meramente académico. El hedonismo siempre estuvo mal visto en España y reservado a minorías hipócritas y felices. Los curas lo fustigaban, los políticos conservadores clamaban contra su efecto debilitante de las recias virtudes patrias, los ideólogos progresistas lo tachaban de egoísmo reaccionario. El propio pueblo español, ricos como pobres, deseaba en el fondo de su alma mesetaria el poder y el dinero más per se que como fuente de deleites. La douceur de vivre francesa es malamente traducible al castellano; confortable es anglicismo cursi que hubo de importarse violentando el sentido originario del viejo confortar, verbo que ya usaba Berceo. Y todavía no están lejos los tiempos en que algunos entusiastas deseosos de ir «por el Imperio hacia Dios» idearon aquella severa pintada advirtiendo que a los pueblos que se abandonan a la molicie los arrastra el torrente de la Historia. Cuenta mi amigo volteriano de derechas don Joaquín Pérez Villanueva que cada vez que se encontraba con Ridruejo, por entonces jerarca de la Falange, le decía: «Hombre, Dionisio, avisa a tus muchachos que miren bien antes de escribir esas cosas. El otro día pasé por Gumiel de Izán y vi a unas viejas de negro tomando el último rayo de sol invernizo al socaire de una pared de adobe, justo debajo del letrero contra la molicie

Hay que reconocer que todo esto está cambiando, por la izquierda y por la derecha. Tanto los que antes cantaban a la «famélica legión» como los que ensalzaban la escurialense austeridad empiezan a mostrarse proclives a los más enervantes placeres. Ni curas ni políticos se atreven ya a predicar la mortificación. Los medios de comunicación exhortan al hedonismo. Un marxista lo llamaría mensaje subliminal del capitalismo consumista, pero es probable que ese mismo marxista se haya apuntado a uno de esos nuevos clubes de enólogos que por un ojo de la cara venden surtidos de vinos mediocres, o frecuente una boutique del pan. La calidad de vida está de moda, y no sólo por motivos racionales, sino porque toda moda tiende a ser en sí un imperativo categórico, acelerado por la cursilería y frenado por la hipocresía.

Prueba de esto último es que El País, siempre fiel sismógrafo de estos movimientos telúricos, anuncia (12-2-87) el regreso triunfante de «los otros lenguajes». Se refiere al juego de los abanicos y de los pañuelos, al significado simbólico y social de perfumes y flores. Incluso alude a peinados y lunares pintados como signos insinuantes. Se olvidan del periclitado lenguaje burgués de los dobleces en tarjetas de visita, del lenguaje noble de la heráldica, del lenguaje arcano —y costoso— de las piedras preciosas. Pero ya los descubrirán y los pondrán de moda. Los bárbaros siempre terminan descubriendo mediterráneos. Por de pronto ya sabemos que «García Márquez deja gran parte de sus ingresos por derechos de autor para sufragar uno de sus caprichos más conocidos», pues para escribir «necesita tener sobre la mesa flores amarillas», a ser posible rosas. Parece más propio de un D’Annunzio que de un paladín de Fidel Castro, pero los bárbaros también siempre terminan contagiándose de los decadentes que suplantan.

Al final todo este nuevo hedonismo debe ir, como los anteriores, acompañado de una cierta hipocresía. «Defender hoy el cocido es tomar una posición progresista, democrática y hasta radical», asegura don José Esteban, citado por Las Artes-Crónica 3 (febrero 1987). Nuestros antepasados lejanos se atracaban de cocido porque les gustaba, como la gente de hoy, pero con otra excusa: que así demostraban ser cristianos viejos, sin miedo al tabú judío y musulmán del cerdo. Eran tan hipócritas como los progres modernos. Quizá es que para disfrutar a fondo haya que ser hipócrita.


(Este artículo se publicó en el ABC del 14 de Marzo de 1987, y fue recogido en los libros El Guirigay Nacional (1988) y El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy (2005))

Bibliografía de El Guirigay Nacional. Ensayos sobre el habla de hoy
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008