Marqués de Tamarón || Santiago de Mora Figueroa Marqués de Tamarón: El valle secreto (en Trampantojos)

lunes, 22 de diciembre de 2008

El valle secreto (en Trampantojos)



     Mercedes miró el reloj. Las siete. Debería cerrar la tienda, irse a casa y preparar la cena. Bueno, poco pensaba preparar. Tenía salmón ahumado y una botella de vino blanco en la nevera. Marcelino se contentaría con eso, siempre que en la mesa luciese un par de velas, a ser posible rojas, y de ruido de fondo sonase algún disco insulso, etilo hilo musical, y que ella llevase puesto un caftán y estuviese algo maquillada, lo suficiente para ocultar las leves arrugas de sus cuarenta años. Sí, Marcelino era una buena persona. Su caspa, su tripa, sus manos algo sudorosas, su carraspeo anunciador de alguna perogrullada solemne, su vanidad de director general de educación media, sus citas de Antonio Machado, sus calcetines de nailon y su devoción por Juan XXIII, todo eso le producía un sopor tranquilizante. Debería decirle que sí de una vez y casarse con él. Después de un marido, piloto militar, muerto haciendo acrobacia aérea, de un amante que la dejó para irse a la Cartuja y de tres o cuatro aventuras efímeras, Marcelino era la seguridad, Marcelino era casi perfecto. Lo sería del todo si le permitiese a ella ser como era, si no pretendiese que dejase de fumar, que votase por un partido centrista y que comiese macarrones («los astronautas siempre los comen, verás, te voy a explicar por qué...»). Tampoco entendía él su gusto por la fotografía arquitectónica («¿Por qué has hecho estas fotos del Escorial en blanco negro? En color hubieran quedado mucho más artísticas»), ni comprendía que se empeñase en seguir perdiendo dinero con su librería de viejo especializada en libros de viajes por España («es absurdo, una licenciada en Derecho y en Filosofía y Letras, que habla tres idiomas, sentada las horas muertas detrás de un mostrador... yo te podría colocar en un buen bufete de influencias»).

     Sí, debería cerrar la tienda y componer su mente y su cuerpo para la velada con Marcelino. Pero llovía, no tenía paraguas y decidió esperar un rato. Le gustaba el orvallo en los campos gallegos, el chirimiri en el monte vasco, los diluvios súbitos en las sierras andaluzas, pero detestaba la lluvia madrileña, con más hollín que agua. Encendió un pitillo e intentó concentrarse en una cualquiera de las varias cosas que le rondaban la cabeza. Hojeó un montón de fotos de Uclés buscando las mejores para una revista de arte americana, buscó la palabra perro en el diccionario de Corominas («origen incierto», ¿cómo es posible?), miró con asco varias facturas, apartó el fichero de sus libros anteriores al siglo XX y, suspirando ante la utopía, se puso a dibujar en el reverso de un sobre su casa de campo ideal. ¿Encalada o de piedra vista? Esta vez la casa perfecta estaría en Gredos, así es que tenía que ser de granito. ¿Tendría la biblioteca vistas al campo o a un jardín cerrado? No cabía duda, para escribir estorbaban los horizontes amplios, todo lo más se podía mirar un hortus conclusus. Recordó a su antiguo catedrático, viejo, guapo y cínico, mirándola con ojillos brillantes tras los lentes de montura de oro: «Señorita, si en una hora me escribe usted algo inteligente —y breve, por favor, breve— sobre el hortus conclusus, el locus amoenus y la torre de marfil, le doy matrícula de honor». Consiguió la matrícula, juró hacer una tesis doctoral sobre los símbolos de aislamiento en la literatura, y nunca la escribió.

     Sonó la campanilla al abrirse la puerta de la librería.

     —Menos mal que no ha cerrado usted todavía.
     — ¡Hola, José! Qué, ¿buscabas refugio de la lluvia?
Mercedes contempló con gusto al único cliente de la tarde, un hombre joven, menudo, de tez tostada y pelo rubio. El muchacho, con voz más grave de lo que su aspecto y edad habrían hecho esperar, le contestó:
     —No, es que pasaba por aquí y pensé que a lo mejor tenía usted ya el libro ese de Chapman y Buck que prometió conseguirme, y me convendría tenerlo cuanto antes, para un trabajo.
     —Sí que lo tengo, pero no pienso dártelo mientras sigas hablándome de usted. Llevas tres años usando esta librería para refugiarte de la lluvia, de tus novias y de tus enemigos políticos, y lo menos que puedes hacer es tratarme como a una amiga. Además, la última vez quedamos en que nos tutearíamos, ¿no?
     —Es verdad, Mercedes —contestó él con una sonrisa acercándose a la mesa—. ¿Estas fotos son de Uclés, no? ¿Me dejas verlas?

     Mercedes observó con curiosidad el contraste entre su mirada viva y sus gestos pausados. Tenía las manos finas pero fuertes, con pequeñas cicatrices blancas que destacaban en la piel tostada, entre algunos vellos dorados. Le devolvió las fotos con ademán deferente, comentando:

     —Son buenas de verdad. Claro, deben de estar tomadas con luz de amanecer en verano.
     — ¿Y cómo conoces tú tan bien la orientación de Uclés?
     —Porque mi abuelo era caballero de Santiago y me llevaba al monasterio todos los años, para lamentarse de la barbarie de los tiempos presentes.
     —O sea que tú has salido a él, pero en plan progre, y por eso nos atruenas con tus artículos ecologistas fulminando contra el capitalismo destructor del medio ambiente. Por cierto que hace tiempo que no escribes en los periódicos. ¿Qué te pasa?
     —Que los de la coordinadora verde han descubierto que la OTAN me joroba menos que los domingueros pirómanos, y ahora sabotean mis artículos. Para colmo cuando lo del accidente nuclear en Chernobil se me ocurrió decir que los rusos eran bastante peores que los americanos y estaban más cerca. No veas la que se armó. Los más indulgentes me llamaron hijoputa y los más hostiles dijeron que yo no tenía sentido dialéctico de la Historia.
     —Claro, José, y tienen razón. Tú eres un romántico edénico y ellos son gente práctica. A ti te importa la clorofila y a ellos el poder. Pero no hablemos de esas sordideces. ¿Qué otros proyectos tienes?
     —Pues agarrar el macuto cada vez que pueda escaparme de Madrid y luego la pluma cuando tenga que quedarme por mi trabajo en la Universidad. Ahora me he camelado a una Caja de Ahorros multimillonaria para que me publique varios volúmenes de fotografías y comentarios sobre especímenes notables de árboles. Ya sabes el género, «encina centenaria en el cruce de tal y tal camino, la mencionó fulano en su libro de 1815», etcétera. Mezcla de botánica, historia y fotografía. Salgo mañana para la sierra de Santolalla, donde creo que hay unos tejos descomunales.
     —Y también una iglesia románica espectacular. Yo estuve allí en septiembre; me pasé el día sacando fotos y ya las tenía reveladas y el artículo escrito cuando me robaron el coche y me quedé sin ellas.
José frunció el ceño un momento y le preguntó:
     — ¿No vas a volver a tomar fotografías de la iglesia?
     —Sí, supongo que debería seguir el consejo de Kipling y volver a empezar la tarea, con herramientas gastadas. Pero voy haciéndome comodona, y me da pereza el viaje, y la fonda del pueblo, y...
     — ¡Cuánta literatura le echas a todo, Mercedes! —interrumpió él con tono de impaciencia afectuosa—. La cosa no es tan difícil: ¿quieres venirte conmigo?
Mercedes lo miró, algo sorprendida. José tenía las dos manos apoyadas en la mesa y los ojos puestos en ella, con una media sonrisa distante y a la vez afable.
     —Está lloviendo... —objetó ella.
     —Sí, pero la radio dice que continuará el mal tiempo, así es que tendremos sol — zanjó él.
     —Si es así...
     —No te preocupes por el equipo. Tengo un saco de dormir para ti, y una tienda de campaña para dos, y comida y peroles...
     — ¡Ah! ¿Pero vamos a acampar?
     —Pues claro. No pretenderás ir a una fonda con chinches. Pero, en fin, si te parece más correcto...
     —No, no. Me gusta mucho la idea. Yo llevaré el vino, ¿quieres?

     Mercedes durmió poco aquella noche. No le remordía la conciencia por haber mentido a Marcelino sobre sus planes para esos días de fin de semana con puente. Marcelino le parecía como la Madre Superiora de su antiguo colegio, muy digna de respeto y aun de cariño, pero destinada por su esencia y condición a ser tarde o temprano engañada. No, lo que le hacía dar vueltas en la cama era su propia incertidumbre. ¿Por qué había mentido si sabía que aquello era una escapada metafísica, una pirueta de circo, un soneto con eco? Se consoló y durmió pensando que era natural su resistencia a dar explicaciones a quienes no sabrían entenderlas, y que ella misma, por una vez, no quería entender nada.

     Se despertó antes de que sonara el despertador y, mientras se bañaba y lavaba la cabeza, decidió qué libros llevaría a la excursión. Una novela policiaca por si todo iba mal, Garcilaso de la Vega por si todo iba bien, y dos o tres cosas más para posibilidades intermedias. Mientras se secaba frente al espejo pensó que debería perder tres o cuatro quilos, aunque recordaba la advertencia de su marido precisamente el día antes del accidente: «a los hombres nos gusta el pecado de la carne, no el pecado del hueso». Sintió ternura y agradecimiento hacia su marido; él, que había sido un chalado y que además estaba ya en el cielo especial de los chalados, con Joselito el torero y con Alejandro Magno y con Juanita, su niñera tontiloca, él sí que la comprendía y la animaba en su chaladura de cuatro días. Arrebujada en el albornoz, engulló una galleta, dos tazas de café y tres pastillas de vitaminas. Chupó con deleite el primer pitillo del día.

     Cinco horas después seguía fumando y sentía una especie de borrachera, bastante agradable, donde se confundían el hambre, el exceso de tabaco, el caleidoscopio de paisajes vistos desde el coche traqueteante —mesetas asiáticas, desiertos africanos, umbrías laderas alpinas— y, sobre todo, la charla corrida con José. Éste la asaeteaba a preguntas, había perdido casi toda su gravedad juvenil y su tono lógico y práctico, se iba volviendo erradizo y fisgón como un murciélago al atardecer; no, pensó Mercedes, no es del todo eso, porque brilla y es poderoso, y volviéndose a él le dijo en voz baja:

     —Eres como un salmón brincando en un río de montaña.
     —Y tú hablas como un libro; un libro de Giraudoux. Entre el retruécano y lo redicho.
     —Sólo cuando estoy alegre. No me chafes.
     —Pues yo por el tamaño soy más bien una trucha, pero cuando estoy triste parezco una lechuza —y se puso a silbar «La Trucha», pero en seguida se paró y siguió hablando—. ¿Te gusta Schubert, te gusta la trucha con almendras, te gusta el turrón de Jijona?
     —Sí, no y sí —contestó ella.

     Mercedes seguía pensando mientras hablaban. «Es menos joven de lo que parece; ya le gusta la poesía y el vino blanco, ya ha descubierto a Giraudoux, tiene gustos de hombre maduro, ya sabe que a las mujeres nos hace falta hablar, es peligroso», pensaba a veces, pero otras se decía: «no es más que un muchacho, todavía lee los periódicos, es numismático y agnóstico, prefiere la luna llena al cielo estrellado, es tontito, es enternecedor».

     —¿Qué edad tienes, José?
     —Veinticinco años. ¿Cuántos me echabas?
     —Por tu aspecto físico veinte, por tu manera de pensar treinta y cinco, por tu forma de ser..., no sé. Unos ocho añitos, calculo. Y no te vengues tú ahora diciéndome que yo parezco cincuenta y dos.
     —No, tú pareces tener siglos... Me refiero a la manera de pensar y ser. Y es natural: vives para los libros y las piedras, que son viejos. Yo vivo pensando en la naturaleza, que es más vieja todavía, pero que se renueva cada año.
     —Y según el registro civil, ¿qué edad crees que tengo, José?

     Apenas había Mercedes terminado su pregunta cuando sintió que el coche frenaba con brusquedad. Miró al frente y a los lados de la carretera comarcal, esperando encontrarse con un rebaño de ovejas que estorbara el paso, pero el camino estaba libre. Se habían parado del todo, en medio de la calzada, José apagaba el motor del coche, le quitaba a ella las gafas de sol, la miraba con expresión seria. Sintió el silencio, después de horas de ruidos mecánicos, empezó a oír los pájaros, y cencerros a lo lejos. Cerró los ojos y oyó a José:

     —Tú tienes la edad de Ingrid Bergman en Casablanca, o la del pato Donald.
Abrió los ojos. José le sonreía. Se sintió vieja y ajada. Con una mueca sardónica declamó:
     —«Age cannot wither her, nor custom stale her infinite variety». Lo decía Shakespeare, refiriéndose a Cleopatra. Y es mentira. Pero de todas formas doy a menudo las gracias al inglés en nombre de todas las mujeres cuarentonas, y ahora te las doy también a ti, José —Mercedes se puso las gafas, sonrió y continuó en tono alegre—. Venga, vámonos ya, que tengo hambre y ganas de tumbarme al sol. ¿Cuánto falta para llegar a la Arcadia feliz?
     —Un quilómetro más de esta carretera mala y luego tres de un carril malísimo. Gracias a eso el sitio está más solo que el alto Orinoco. La aldea queda a dos quilómetros de donde vamos a acampar. Mañana tú puedes acercarte a fotografiar la iglesia y mientras yo busco los tejos y un laurel monumental que hay en el huerto de una casa de labor.

     Parecía que nunca iban a llegar, que el viejo Dos Caballos se desencuadernaría en cualquier momento. Pero José esquivaba con pericia los baches, o vadeaba con intrepidez los charcos más grandes que cruzaban el camino. Ella disfrutaba viéndolo conducir, concentrado y silbando, y se sorprendió a sí misma pensando que un hombre tan atento con manos y ojos a cualquier tarea, tan suave y enérgico de gestos, debía de ser muy buen amante. Al final llegaron a un prado, entre una chopera y un riachuelo. José condujo el coche fuera del camino y se adentró en el prado hasta un talud.

     —Bueno, ya estamos. A trabajar.

     Salieron y Mercedes sintió como si se zambullese en un elemento desconocido, mezcla de aire dorado y aromático, de sonidos de insectos y pájaros, y murmullo del arroyo próximo. Pese a las horas de carretera, nunca le había parecido tan brusca la transición entre un barrio madrileño y el campo a finales de abril. El aire estaba fresco, el sol casi quemaba. La primavera se presentaba más avanzada de la cuenta, los árboles de hoja caduca verdeaban ya mucho, pero a sus pies seguía la alfombra de hojas secas del otoño anterior. Contempló con asombro aquel valle pequeño y exuberante que rebullía encajonado entre dos laderas sequeronas, protectoras, cubiertas de matas de monte con tonos pastel, como una niña endomingada que va a misa entre dos abuelas viejas. José deambulaba buscando un emplazamiento para la tienda.

     —Aquí mismo. El suelo está bien seco y el sitio está protegido del norte por esas piedras. Ayúdame a desembarcar los pertrechos.

     José trabajaba con rapidez y eficacia, ella ayudaba con torpeza y se sonreía observando el tono seguro y expeditivo con que él disponía todo y le daba órdenes.

     —Aparta un poco el coche, que es feísimo. Escóndelo detrás de esas zarzas, mientras yo ato bien estos vientos, que has dejado flojos. Y luego vete abriendo unas latas de sardinas y mejillones. Primera y última comida enlatada que tomaremos, a partir de esta noche guisaré yo cosas suculentas, pero ahora veo que estás a punto de desmayo hipoglucémico y no quiero hacerte esperar para comer, Mercedes.

     Por fin se sentaron a almorzar, apoyados contra las piedras. Mercedes intentó recordar cuánto tiempo hacía que no comía con tanta hambre. Devoró tres bocadillos de sardinas y media botella del rioja del ochenta y uno que había traído en abundancia. Sintió que el sol iba desentumeciéndola y calentándola hasta los tuétanos. Entornó los ojos y miró perezosamente a José pelar una manzana. Sus manos delgadas y fuertes parecían agarrar la navaja con el mínimo justo de fuerza, pero la usaba con precisión y rapidez; daba gloria ver a un hombre usar las manos para algo más que pasar las páginas del periódico.

     — ¿Quieres la mitad?

     Mercedes la cogió y la mordisqueó recordando con los ojos cerrados frente al fuerte sol la imagen de las manos ágiles de José, que se confundían con las de su abuelo, muchos años antes, liando un cigarro con lenta exactitud, y luego con el recuerdo de un viejo jardinero de manos fuertes y callosas haciendo un injerto muy delicado, hasta que los recuerdos se volvieron borrosos y se durmió. Se despertó acalorada, con algo rasposo que le rozaba la barbilla. Era una manta raída, debía de habérsela echado encima José, que había desaparecido. El sol estaba bastante más bajo, pero ya había caldeado el rincón entre las piedras.

     Le dolía la cabeza, debía de haber fumado y bebido demasiado. Se tomó un par de aspirinas y se dirigió al riachuelo para refrescarse. El agua estaba muy fría, se mojó la cara y la nuca haciendo equilibrios sobre una piedra resbalosa. Paseó río abajo hasta llegar a un remanso del curso, con márgenes sombreadas por altos fresnos. Se sentó en la yerba y a los pocos minutos se reanudó el vivir bullicioso que había acallado con su llegada. Oyó el cuco, vio las primeras mariposas del año y las primeras libélulas. En la orilla opuesta, sobre una piedra donde aún daba el sol, se calentaban varios galápagos. Uno de ellos era diminuto, del tamaño y del color de una hoja seca de olmo. Sintió deseos infantiles de tenerlo en las manos, de apoderarse de aquel duro y nítido pedazo de vida animal para escudriñarle las patas y el hocico, aún encogidos en el caparazón. Se quitó los zapatos y se disponía a vadear el remanso cuando un chapoteo ahuyentó a los galápagos y silenció a los pájaros. Venía del otro extremo del remanso, oculto tras unos fresnos, y Mercedes los bordeó curiosa. Vio entonces a José flotando perezosamente.
     
      — ¡Tírate al agua! Está buenísima. Además hay una poza bastante honda y te puedes zambullir de cabeza.
     —No, no tengo traje de baño —contestó ella.
     — ¿Qué más da?

     Mercedes no respondió y lo contempló mientras él daba unas cuantas brazadas y salía del agua. Tenía un cuerpo perfecto, delgado y musculoso a la vez. Salvo los brazos y la cara, muy curtidos, su piel era blanca lechosa, del mismo color que su traje de baño, unos viejos pantalones que le llegaban hasta medio muslo.

     —Tienes el tostado del albañil, José.
     — ¿Hubieras preferido a un Narciso de los de lámpara de cuarzo?
     —Pues no, la verdad.

     Volvieron despacio hacia la tienda, disfrutando de la tarde. A Mercedes le vino otra oleada feliz de Giraudoux, y aunque le escocía la reciente acusación de redicha, dio rienda suelta a su idea de la creación, sabiéndola irremediablemente teatral.

     — ¿Qué es ese ruido de matraca, José?
     —Una cigüeña que tabletea con el pico. Está haciendo el gazpacho, decíamos de niños.
     — ¿Y ese pájaro esquizofrénico que tan pronto enseña su personalidad azul celeste como su personalidad parda estameña?
     —Es el abejarruco.
     — ¿Por qué aquí todo es variopinto y no monótono? ¿Por qué esa ladera es verde pistacho y esa de enfrente violeta pálido?
     —Porque en la umbría empiezan a echar hojas los rebollos y en la solana crecen cantuesos y están adelantados de flor. Estas sierras tienen varios climas y suelos diferentes. En la naturaleza todo se explica, no como en la historia o en la literatura.
     —Pues yo no estoy tan segura de eso último.

     Él la miró sonriente y continuaron andando. Al llegar a los primeros chopos, que temblaban con una leve brisa, ella lo detuvo poniéndole la mano en el brazo y recitó:

     —«Nosotros, yendo fuera de camino,
     buscábamos un valle, el más secreto
     y de conversación menos vecino.»
      — ¿Garcilaso? —preguntó él.
     —Sí. Y se explica bien, creo yo. A su manera es tan exacto como Lineo. Pero, oye, no te sabía aficionado a la literatura.
     —Mujer, no todos los naturalistas son analfabetos en lo demás.
     —Cierto. Y tú para colmo sabes guisar, según me dijiste. ¿Vas a preparar un banquete? Yo ya vuelvo a tener hambre.
José se convirtió otra vez en el perfecto cabo furriel, activo y eficaz.
     —Hay dos clases de comidas, las que van con patatas fritas y las que no. Yo prefiero las primeras      —explicó, mientras con gran rapidez pelaba un montón de patatas, añadiendo:
     —Además hay salchichas y huevos. Yo voy a tomar dos, ¿tú cuántos quieres?
     —Pues si crees que por decoro femenino voy a decir uno, te equivocas. Quiero tres huevos fritos, por favor. Y mucho vino tinto.
     —Así me gustan las mujeres, sin remilgos. Anda, vete abriendo una botella.

     Mercedes se sentó apoyada en un árbol y fumó en silencio, mirándolo trabajar. Él canturreaba por lo bajo y parecía contento. «Seguramente —pensó ella— porque me nota distinta de sus otras amigas, que procurarán vivir, hablar y vestirse como personajes de anuncios de Coca-Cola en la televisión. Yo en ese ridículo por lo menos no caigo». Y con eso y un sorbo de vino se sintió más segura.

     Cuando terminaron de cenar ya se había cerrado la noche, refrescaba y se agradecía el fuego. Se pusieron chaquetones y siguieron charlando y bebiendo, tumbados junto a la candela. La conversación se fue haciendo zigzagueante y liberándose de la lógica. Salpicada de silencios apacibles, de saltos discursivos, apenas enhebraba preguntas y respuestas, cada vez más parecidas a las estrellas fugaces que de tanto en tanto veían cruzar el cielo.

     —Acabo de ver una, y me ha dado tiempo de formular un deseo —dijo Mercedes.
     — ¿Y qué has pedido?
     —Ver muchas más estrellas fugaces en mi vida.
     —Pues yo antes descubrí otra y pedí ver alguna vez un quebrantahuesos. Dicen que sólo quedan veinte parejas, en el Pirineo.
     —Entonces haber pedido ver los cuarenta ejemplares, bobo.
     —Es verdad, qué fallo. Oye, Mercedes, dame un poco más de vino. Un culín sólo. ¡Eh, no tanto! Bueno, no importa. Está soberbio. ¿Tú qué prefieres, el tinto o el blanco?
     —Hombre, depende. Aquí y ahora, el tinto. Otras veces, el blanco.
     —Mi abuelo decía que el único blanco español potable era el humilde Valdepeñas.
     —Tenía razón. A ver, te voy a hacer cuatro preguntas, y si coincidimos en gustos los dos somos genios, y si no uno de los dos es un capullo.
     —Vale —contestó José echando más leña al fuego y arrellanándose en el suelo de hojas secas.
Mercedes, viéndolo sonreír a la luz anaranjada de las llamas, pensó que con esa expresión no parecía el muchacho tener más de dieciséis años. Suspiró, entre irónica y contenta, y enumeró:
     — ¿Te gustan las películas de Hitchcock? ¿Los callos a la madrileña? ¿El piano de Erik Satie? ¿Las contraventanas verdes del Palacio de Riofrío? —nada más decirlo, se arrepintió de recaer en la filigrana. Pero José no parecía reacio a los juegos florales. Con cara seria, bebió un poco de vino y contestó:
     —Sí a todo..., salvo a Satie. No sé quién es.
     —Laguna grave pero subsanable, la semana que viene en Madrid. Tengo varios discos de él. Es como una noche lluviosa de otoño en un jardín, seguida de una mañana brillante. Parece que no va a volver el sol, empieza una a disfrutar de la melancolía, y el sol vuelve... y se burla...

     Él la interrumpió con vivacidad infantil, cogiéndole la mano:

     —Espera, que me toca a mí preguntarte y se me van a olvidar las cosas. ¿El olor a heno recién segado? ¿Los quiebros en el vuelo del vencejo? ¿El amargor de los espárragos trigueros? —José le soltó la mano para señalar al cielo estrellado—, ¿y eso, el camino de Santiago?
     —Mmm... Muy bucólico todo. Pero apetecible.

     Mercedes estiró el cuerpo, y se acostó boca arriba, mirando el cielo con las manos cruzadas bajo la nuca. Por primera vez en mucho tiempo no notaba necesidad alguna de pensar. Se sentía bien. Hacía fresco, pero no demasiado para su gruesa zamarra. Algo de humedad había, justo lo bastante para realzar los olores del campo. El aire estaba límpido y la noche, sin luna, un ascua fría de estrellas. Para ver las estrellas bien hay que estar en el campo de verdad o en la mar, sin la más mínima luz artificial que estorbe ni aun de lejos, rumió instintivamente. ¿Cuánto tiempo hacía que no veía bien las estrellas? ¿Desde aquellos días en barco de vela, a solas con su marido? Y este silencio, apenas rasgado por el arroyo. Era raro, tanto silencio, sin los ruidos de ranas, lechuzas, grillos, que ella recordaba de sus veranos en el campo. José pareció leerle el pensamiento:

     —Se nota que la primavera sólo ha avanzado en temperatura y no en calendario —musitó—. A partir de mayo estos parajes hierven de ruidos nocturnos. Hasta entonces sólo hay bullicio de día.
     — ¿Tienes el don de la telepatía, José?
     —A veces sí.

     Mercedes alzó la cabeza para verle la cara. El fuego había ido apagándose y, con menos luz en el rostro, José parecía menos joven o quizá más pensativo. Ya no era un arcángel barroco sino un yacente medieval. Pero la sombra de gravedad en sus rasgos no mermaba vigor a la nariz aguileña ni restaba sensualidad a los labios. Tan sólo la mirada parecía ausente, fijos los ojos azules en las brasas de la fogata. Los levantó de pronto y sus miradas se cruzaron. Él inició un gesto como extendiendo la mano hacia ella, pero lo convirtió en coger leña para alimentar el fuego. Sonrió y con voz de nuevo práctica y parecida a la que usaba en la tienda, pidiendo libros, le dijo:

     —Creo que es hora de dormir; mañana conviene madrugar para aprovechar el día.

     Encendió la lámpara de gas. A Mercedes aquella luz brusca tan blanca le pareció de hospital. José le abrió la tienda, pequeña y muy justa para los dos sacos de dormir, colocados a un palmo de distancia el uno del otro, y entre ambos, en ordenado montoncito, los libros de ella y una «Guía de árboles y arbustos» de él. Curiosa espada de separación entre Tristán e Isolda, pensó Mercedes.

     —Si prefieres estar sola en la tienda yo puedo dormir fuera. Con el saco no le temo al relente.
     —Ni yo a tu compañía, José. ¿Roncas?
     —Dicen que no.
     —Pues venga, a la piltra. Y si no te molesta la luz leeré un rato antes de dormirme. Son manías de viuda.

     Cinco minutos después él dormía profundamente, con respiración lenta y pausada, de costado hacia la luz, que no parecía molestarle. A ella se le iban cerrando los ojos; tenía que leer tres veces cada verso para enterarse y además otra parte de su mente cavilaba sin orden ni concierto sobre la jornada que terminaba. Hizo un esfuerzo, apagó la luz y cerró los ojos pensando que, dormido, su compañero daba impresión de mayor fuerza aún que despierto, que el rostro era muy sereno, que el arco de las cejas tenía algo de impasible, casi insolente, como en los retratos del siglo XVIII.

     Creyó que tan sólo había dormido un instante cuando la despertó el sol que entraba a chorros por la apertura de la tienda y un silbido de José entonando el toque de diana.

     —Quinto, levanta, tira de la manta. Las siete y sereno. El desayuno está listo. Si quieres quitarte las légañas el río te espera. Yo ya hasta me he bañado.
     —Espera, hombre, espera a que resucite.

     Mercedes, acostumbrada a despertares lentos, malhumorados e inapetentes, se sorprendió al sentirse minutos después del todo revivida por el lavoteo de cara y manos en el agua helada del arroyo, y husmeando hambrienta el olor bravio del café y el tierno de unos chuscos tostados en las brasas. Había que comerlos con aceite; José despreciaba la mantequilla.

     —Si quieres sentirte catalana puedes añadir tomate y una loncha de jamón.
     —Pues sí señor, vengan lujos y molicie. Por cierto que lo de bañarse y enjabonarse en el agua esa a diez grados es una idea buena aunque espartana. En cuanto el sol caliente algo más me lanzaré a imitarte —se atrevió a decir Mercedes, sintiéndose poco aseada en comparación con José, recién afeitado y con camisa limpia.
     —Haz lo que te pida el cuerpo, aunque sea masoquismo. Mi plan es coger ahora criadillas de tierra para el guiso y luego andar sin prisas en busca de los árboles. Tú puedes ir en coche a ver la iglesia. Nos encontramos aquí para almorzar a la una.

     A media mañana Mercedes se había calentado bastante leyendo al sol como para arrostrar el arroyo. José había partido un rato antes, deambulando por la ladera más boscosa, equipado con máquina fotográfica, prismáticos y cinta de medir. De cuando en cuando lo veía, cada vez más lejos y a más altura, cruzar un claro en el monte. La mujer cerró el libro, cogió el jabón y la toalla y con paso decidido, como quien va a la guerra, se encaminó a la balsa. Animada por el silencio del lugar y por el brillo del sol en el agua tersa, se desnudó despacio, escrutando el amplio y desierto horizonte. Sin atreverse a probar antes el agua con la punta del pie por miedo a perder el ánimo, se tapó la nariz, cerró los ojos y saltó al río. Nunca había sentido antes una impresión física tan fuerte; durante unos instantes aquel frío le pareció inaguantable pero se impuso la obligación de cruzar la poza a nado y al cabo de unas brazadas el suplicio se convirtió en exultación. Empezó a cantar sin saber qué cantaba, buceó un poco, hizo el cristo y volvió a nadar hasta que, agotada, regresó a la orilla. Se enjabonó tiritando y jadeando, mientras pensaba que ya iba teniendo edad de dejar de fumar si no quería renunciar pronto a todo ejercicio. Se restregó con la toalla tan vigorosamente que vio con cierta sorpresa cómo su piel pasaba del blanco anacarado al rosa sarampión. Imaginó que con esa luz tan cruda debía de parecer una pieza grande colgada en una carnicería, pero decidida a disfrutar al máximo extendió la toalla en una piedra y se tumbó al sol.

     Cerró los ojos e intentó no pensar y gozar del calorcillo del sol, agitando los dedos de los pies al sentir que la circulación de la sangre le volvía a las extremidades. Sin embargo, le escarabajeaban en la cabeza preguntas sobre su propio cuerpo. ¿Había perdido tanto en los últimos años? En momentos de optimismo pensaba que acostada no estaba del todo mal, y aunque de pie perdía mucho, ninguna mujer de más de dieciocho años podía mostrarse desnuda de pie... Pero lo malo es que en el cine y aun en el mundo real seguía habiendo chicas de dieciocho años. Aquella morena flacucha que José llevó una tarde a la librería parecía una niña. Menos mal que tenía una dentadura fea y además se roía las uñas. Y tampoco le gustaría tanto cuando poco después José le pidió a ella, Mercedes, ayuda y encubrimiento para sabe Dios qué mentira complicada con la que engañar a la flacucha. ¿No se llamaba Vanesa aquella muchacha? Es igual, hablaba y gesticulaba como si se llamase Vanesa. Y luego el chico vino un día con otra cursi que podía llamarse Mery. Ésa era rubia oxigenada, estudiaba sociología, citaba a Habermas y olía mal. Quizá la competencia no era después de todo tan peligrosa. ¿Competencia? Ni eso, ella no buscaba seducir a José, ni siquiera ser seducida por él. O quizá sí buscaba una seducción de otra clase, mental y mutua. Ella podía ayudarlo a vivir, él ayudarla a sobrevivir. En el fondo, pensó, le gusto porque le sirvo de espejo, de espejo distinto del habitual. Está descubriendo que le ofrezco una imagen de él mismo halagüeña, diferente de la que ve en los ojos de sus compañeras y alumnas. Nota que lo veo más romántico que atleta, más Byron que Borg. Claro que tarde o temprano se fijará en mi cuerpo y entonces, ¿qué verá?

     Entreabrió los ojos y se incorporó para mirarse, sonriendo de su propia puerilidad.

     En ese momento divisó a lo lejos, en la cima de un monte frente a ella, a José, remoto pero inconfundible por la ropa, sentado en un peñasco y mirando con prismáticos. Parecía dirigirlos hacia una de las cumbres meridionales, muy apartada del punto donde ella se encontraba, pero un instante después Mercedes vio con inquietud cómo el observador barría lentamente el horizonte, bajaba el ángulo de los gemelos y enfocaba el remanso, deteniendo ahí su ojeada. La estaba mirando a ella, no cabía duda. La mujer hizo un primer movimiento de agarrar la toalla para cubrirse, acto reflejo de pudor mezclado con algo que no era precisamente recato sino miedo a enseñar un cuerpo de cuya belleza no se sentía segura. Pero pudo más el orgullo —si es un mirón allá él, a mí qué me importa su curiosidad infantil, y además aunque no tengo un desnudo perfecto no voy ahora a renegar de mi cuerpo, pensó— y sin ningún exhibicionismo, por amor propio, soltó la toalla, cerró los ojos y con cierto esfuerzo se volvió a tumbar boca arriba, ofreciendo su piel al sol. Permaneció inmóvil un tiempo, sin saber cuánto, y al abrir los ojos comprobó que José había desaparecido. El cuerpo le ardía, y volvió a zambullirse en el agua gélida. Se vistió despacio y regresó pensativa a la acampada para recoger el coche y la cámara fotográfica, animándose pronto ante la perspectiva de una tarea que le interesaba.

     Cuando volvió tras la visita a la aldea estaba de mal humor.

     —Hola José. Qué bien huele el guiso. Espero que me compense el disgusto de mi expedición.
     —Siéntate y descansa, mujer. ¿Qué te ha pasado?
     —A mí nada, pero a la iglesia románica casi todo. Hay un nuevo párroco, que ni siquiera reside allí. Ha resultado ser cura progre, de los de chándal y guitarra eléctrica, y ha malbaratado o dejado robar el retablo del altar y dos imágenes en piedra de la fachada. El alcalde, carca, dice que el curilla ha hecho eso para mandar dineros y explosivos a los teólogos de la liberación centracas. El boticario, agnóstico pero amante de la tradición, asegura que es otra cosa, que el párroco tiene una amiga en Benidorm y necesita perras para ir a verla. Total, un desastre. Tus amigos los progres están destrozando la única España que a mí me importaba, José.
     —Pues no son los únicos destructivos. El rico del pueblo, el dueño de la gasolinera, ha comprado la casita con la huerta donde estaba el laurel de doscientos años. Dicen que era una hermosura, un macizo enorme, denso y obscuro, donde bandadas enteras de estorninos se cobijaban al atardecer. Y el ricachón lo ha cortado. Ha hecho un «jardín moderno» en la huerta a golpe de césped, sauce llorón y estatuillas de cemento. Una representa a un enano con una carretilla de mano llena de petunias. Así es que el neocapitalismo español también se las trae, Mercedes.
     — ¿Y los tejos?
     —Uno ardió en un incendio, probablemente provocado por venganza de furtivos, que quemó cien hectáreas detrás de ese cerro. Otro, al borde de un camino, lo talaron los de Obras Públicas para ensanchar la carretera. Queda uno espléndido, que he fotografiado y medido. El tronco tiene cinco metros de circunferencia. Yo le echo unos siete siglos de edad. Debió de ver pasar por aquí al Príncipe Negro acudiendo en ayuda de don Pedro el Cruel...
     —Don Pedro el Justiciero, querrás decir. Le gustaban mucho los jardines. No sería tan cruel. Y debía de despreciar a los enanos, con o sin petunias, porque era un gigante.
     —Bueno, el caso es que mi tejo no verá pasar muchos más príncipes empenachados. Han ganado los enanos, y lo quemarán. O se lo comerán las cabras, aunque luego revienten. País de mierda.
     —No, José, ni el país ni el paisaje son de mierda. Es el paisanaje, del ministro o el millonario al cabrero, el que es de mierda. Hace doscientos años empezaron a salir los enanos de sus cubiles y a reproducirse, y ya son mayoría y mandan en todos los tinglados españoles. En todos. La cosa no tiene remedio. Lo mejor es comer tu guiso, emborracharnos y disfrutar de este valle mientras no lo descubran los domingueros —terminó Mercedes, entregándole el plato vacío y señalando la olla.
Brindaron repetidas veces:
     —Por la criadilla de tierra, que no sabe a nada, pero es como comerse el alma de la estepa y comulgar con los bárbaros blancos que galopan de noche.
     —Por el quebrantahuesos y contra la televisión, que quebranta almas.
     —Por la cigüeña negra, que se está extinguiendo, y contra la cigüeña blanca, que cada año trae al mundo a millones de enanos resentidos.
     —Vivan los carpinteros de ribera, los pendolistas, las bordadoras y todos los oficios en trance de desaparición.
     —Mueran los pinchadiscos, los publicitarios, los semiólogos y todas las profesiones en auge.
     —Oye, Mercedes, ¿estamos muy borrachos?
     —No, hijo, sólo un poco.
     —En realidad la culpa de nuestra situación desesperada la tiene Rodríguez de la Fuente, que con sus programas de la televisión sacó al hortera de su biotopo natural, la discoteca, y lo lanzó al monte —comentó resignado José, colocando con la navaja un pedazo de queso en el pan.
     —No hombre, la culpa la tiene el siglo veinte. Y también el diecinueve, al menos en España. Qué barbaridad, cómo he comido. Vamos a andar un rato, a ver si baja la comilona. Pero nada de escaladas heroicas de ésas que a ti te gustan, ¿eh, José? Sólo un paseíto por la orilla del río... Un paseíto cursilón y regalado.
     —Vale, tronca.

     A Mercedes le hacía gracia aquel esporádico baile de disfraces lingüísticos con José, donde éste hablaba como un chuleta de barrio madrileño y ella como una solterona de provincias. Le divertía por lo que tenía de peligroso: el cheli de su amigo era más irónico que espontáneo, parecía compuesto de frases entrecomilladas, pero su juventud resultaba palmaria, y si ella tenía poco de señorita del pan pringado, su soledad madura era también manifiesta. La broma mutua y tácita le pellizcaba a veces el corazón, como a un actor judío representar el papel de Shylock. Suspirando, agarró a José del brazo.

     —No, vamos esta vez río arriba en lugar de a la «apartada orilla» del remanso. Hoy me siento más Diana Cazadora que doña Inés.

     Caminaron por un sendero cada vez más estrecho, entre el riachuelo y unas grandes rocas. Cruzaron la corriente saltando de piedra en piedra, y al llegar a la otra orilla Mercedes resbaló. Manoteando para recuperar el equilibrio, cayó al agua de rodillas.

     — ¡Vida mía! ¿Te has hecho daño? —preguntó José.

     Mercedes pese al sobresalto lo observó de reojo y le pareció ver que se sonrojaba azarado por el desliz de aquella exclamación. Le recordará algún batacazo de otra compañera de excursiones más íntima, pensó mientras se quitaba los zapatos y los calcetines empapados.

     —No es nada, sólo me he mojado las piernas. Total, no es más que el segundo chapuzón del día.
     —Ah, pero, ¿te bañaste por fin esta mañana?

     De nuevo sorprendida, volvió a mirarlo con curiosidad. ¿Sería cínico? ¿O de verdad no la había visto desnuda al borde del agua horas antes? Tuvo que confesarse a sí misma que la segunda posibilidad también le molestaba un poco, a toro pasado. Ya que había permanecido impávida ante el toro, le fastidiaba descubrir después que era un cabestro. Pero no, estaba claro que los prismáticos apuntaban a ella, por más que ahora él tuviese cara de perfecta inocencia.

     Se sentaron al sol mientras ella se secaba el borde de la falda. Siguió pensando en él, que silbaba echado en la yerba. Curioso personaje, a la vez fantasioso y práctico, espartano y hedonista, sentimental y tan dueño de sí mismo. Sólo un adolescente o un viejo escéptico tenían derecho a ser así. Y para colmo zahori, concluyó al oírle decir como pensando en voz alta:

     — ¿Sabes una cosa, Mercedes? Una de las maneras de hacer soportable la vida es atravesarla a galope y fumándose un puro. Despreciando las putadas que le hacen a uno y disfrutando lo poco o mucho que se tercie. Yo aspiro a eso. Pero es difícil.
     —Imposible, diría yo.
     —No, imposible no es. Consta el menos el caso de uno que lo consiguió, Lord George Paget.
     — ¿Quién?
     —Lord George Paget era coronel de caballería y cargó en Balaclava como segundo jefe de la Brigada Ligera, ésa que quedó aniquilada por la artillería rusa. Acababa de encender un cigarro cuando sonó la orden de ataque. Decidió no desperdiciarlo y siguió fumando mientras avanzaba, primero al trote, luego al medio galope y después a galope tendido. Cuando chocó con los cañones enemigos el puro seguía encendido. Notable, ¿verdad?
     —Pues sí.
     —Cuando yo era chico y descubrí ese episodio me propuse tomar como modelo al húsar del puro. Pero es muy difícil, claro. Sobre todo porque no se puede mentir más que en cuestiones de intendencia. No sabes los disgustos que me llevé en el colegio de los jesuitas. No tuve escrúpulos en copiar y hacer novillos; aquello era intendencia y las mentiras se me daban de dulce. Los problemas vinieron en cuestiones de dogma. Al ver que los frailes enloquecían con las chorradas postconciliares me sentí traicionado por mi propia iglesia católica y me pasé a la ortodoxa griega, que me parecía más fiel a las raíces. Todo eso in mente nada más, claro, porque yo apenas sabía de teología. Pero sí sabía que el credo ortodoxo era distinto, y me empeñaba en rezarlo en vez del católico. Cuando los jesuitas lo descubrieron, al principio se echaron a reír y al final me echaron del colegio. Fue un follón inenarrable, mis padres estaban angustiados, pero en eso yo no podía mentir... Y por cierto que tampoco debí mentirte a ti hace un momento.

     Por toda contestación Mercedes levantó las cejas en muda pregunta.

     —Sí —continuó él cogiéndole una mano—, te mentí por cobardía pudibunda. La verdad es que esta mañana te había visto bañándote y tomando el sol. Te miré con prismáticos. Y estás muy guapa.
Mercedes sonrió y cerró los ojos. De pronto sintió en sus labios los de José. Al cabo de unos instantes ella lo apartó suavemente agarrándolo por los hombros y le dijo sin dejar de sonreír:
     —Espera un poco, José. Los húsares no podéis galopar con una mujer a la grupa, y menos cuando...
José la interrumpió volviendo a abrazarla medio en serio, medio en broma. La besó en el cuello y ella se debatió entre risas.
     — ¡Que me haces cosquillas, tonto! ¡Precipitado y encima torpe...!

     Rodaron sin darse apenas cuenta y cayeron al arroyo. Se levantaron de un salto, chorreando agua de la ropa empapada, y se quedaron de pie el uno frente al otro, mirándose con ojos de asombro, hasta que Mercedes rompió a reír a carcajadas y en él pudo también más la risa que el azaro. Incapaces de dominar las carcajadas, los dos volvieron a sentarse, ella inclinándose hacia adelante con ambas manos en los muslos y él echando atrás la cabeza para escurrirse el pelo mientras exclamaba con voz entrecortada por la risa:

     —Jo macho... qué corte! ¡Eso... eso se llama... enfriarle a uno los... los ardores...!
      — ¡Pero si fuiste tú el que diste el vuelco, so borrico! —replicó ella saltándosele las lágrimas de risa—. ¡Ahora pareces un gato caído en la pecera de los peces de colores! ¡Dios mío, qué pinta de naúfragos tenemos!

     José propuso volver a la tienda para mudarse, pero Mercedes, tonificada por los remojones, tenía ganas de andar; la tarde estaba muy templada y ya se irían secando si subían por la ladera al sol. Anduvieron a buen paso y de buen humor. A medida que ascendían por la falda del monte la vegetación se hacía más escasa y el suelo más pedregoso; también el aire se notaba más seco y transparente. Visto desde lo alto, el valle semejaba a un jardín pequeño y recoleto; incluso la tienda de campaña y el coche parecían juguetes abandonados por los niños junto al agua que brillaba al sol. Mercedes, algo jadeante, se detuvo y mientras recobraba la respiración contempló la escena. Sintió alegría —una alegría serena y honda, rara en ella— viendo la absoluta perfección de la estampa, oyendo el silencio puntuado de pájaros cercanos y esquilas lejanas, adivinando la presencia de José, inmóvil a unos pasos de ella. Recordó las horas pasadas, dos días ya, la desazón inicial, luego la exaltación, la euforia, la charla interminable y libérrima, las risas y, ahora, la paz. Ésta, bien lo sabía, no iba a ser permanente. Pero, ¡qué alivio si conseguía unos meses de descanso! Largas excursiones al campo con José, largas noches con él en Madrid hablando de todo y de nada, por fin un hombre que entiende y que quiere ser entendido, un aliado frente a la estupidez asediante, un cómplice para reírse de las modas, mentor en la sierra, discípulo en el museo, calor en la noche, brisa en la mañana... Con que aquello durase una temporada haría acopio de fuerzas para el resto de su vida, que no deseaba larga. Sería como este alto en la marcha, cuando falta el resuello. Después, tranquilizado el pulso, ya vería. Puesta a hacer de abogado del diablo, también sabía que todo se paga, y muy caro, y que por cada minuto de alegría pagaría al final una hora de amargura. Pero a veces hay que agarrarse a un clavo ardiendo. Además tenía razón José, lo mejor es atravesar el campo de batalla fumándose un puro. Y para eso hay que empezar disfrutando del cigarro.

     —José, mañana tendré ampollas en los pies y probablemente pulmonía, pero me alegro de haber subido aquí contigo.
     —Ampollas sí, pulmonía no. Estás ya seca. Y seguro que estarás hambrienta dentro de un rato. Para esta noche voy a hacer unas tortillas de cebollas, patatas y jamón que te vas a chupar los dedos.
Dando una vuelta despaciosa y parándose a menudo para mirar una planta o una rapaz, volvieron a la acampada. Las sombras ya alargadas de la tarde prestaban al lugar un aspecto misterioso; así y allí habrían acampado siglos antes vándalos camino del sur, árabes camino del norte, gitanos huidizos, imaginó Mercedes.
     —Fíjate, José, con el cambio de luces nuestro decorado está pasando de la égloga a la novela gótica.
     —Pues entre eso y el hambre que empieza vamos a terminar como vampiros o licántropos si no preparo pronto la comida. Tú siéntate y entretenme mientras yo guiso.
     —Antes voy a cambiarme de ropa, que el remojón no se me ha pasado del todo y hasta creo que me pica la garganta.
     —No seas aprensiva, mujer.
     —No lo soy, pero tampoco soy un explorador nato como tú. Qué quieres, pero ya iré curtiéndome y si vuelves a invitarme a una expedición como ésta verás que me habré convertido en digna compañera de viaje...
     —Ya lo eres, Mercedes, ya lo eres —insistió él con una sonrisa—. Es más, empiezo a pensar que somos complementarios en casi todo.

     Mercedes se desnudó encogida en la tienda, meditando titubeante entre el temor al «casi complementarios» (a ningún hombre le gusta un rechazo a empujones, pensó, son tan vanidosos, entienden la complementariedad como un encaje ante todo geométrico, horizontal, y además no saben esperar el momento oportuno...) y la gozosa convicción íntima de que sí eran, en efecto, complementarias la brusca ternura de José y la calma desesperanza de ella. Al ponerse los calcetines de lana y enfilar, tumbada sobre el saco de dormir, los pantalones de pana, se miró con nuevos ojos las pantorrillas. Tengo celulitis cerca del tobillo; la peor de eliminar, pero la eliminaré. Claro que él también tendría que eliminar algo de grasa progre que le queda en el cerebro, restos de gordura infantil... Bueno, pues todo se andará, concluyó saliendo animosa y abrigada de la tienda.

     Pronto las tortillas estuvieron listas y las comieron con lenta fruición.

     — ¡Qué buen cocinero eres!
     —Pues espera a la próxima comida; ésa sí que puede resultar de cuatro tenedores. Acabo de colocar lazos, y si mañana ha caído algún conejo comeremos lapin à la moutarde. Si es que no tienen mixomatosis, claro.
     —Es un espanto, la mixomatosis.
     —Depende de cómo se mire. Cuando el hombre destruye un equilibrio ecológico tiene que inventar otro. Lo que pasa es que ver a una rapaz lanzarse en picado sobre un conejo es hermoso y limpio, y ver un prado lleno de conejos atontados por la enfermedad, con la cabeza hinchada y los ojos supurantes, es horrible. Nos ha tocado vivir en una época que da asco y da pena. En la mixomatosis y en otras muchas plagas —dijo José arrojando al fuego la corteza encerada del queso que acababa de comer, y permaneciendo absorto.
Mercedes lo contempló largamente. Extendiendo el brazo por encima de la fogata le dio un cachete suave.
     —Vamos, hombre, que no estamos del todo derrotados. Si quieres una aliada contra el asco y la pena del siglo, choca esos cinco.
José levantó la cabeza, sonrió y, con cierta solemnidad, estrechó la mano que Mercedes le tendía.
     —Vale, tía. Acepto la alianza. Lucharemos juntos contra todos los grupos, las ideas y los tinglados de moda. Recurriremos al corso y a la guerrilla, porque ellos son muchos y poseen el planeta, y nosotros somos muy poquitos...
     —Quizá sólo dos…
     —...Sí, y ellos terminarán ganando y nos darán patadas hasta en el cielo de la boca, pero mientras tanto lo pasaremos bomba haciendo de francotiradores contra el siglo —dijo José con tono decidido y satisfecho.

     Permanecieron en silencio. Mercedes se sentía contenta aunque un punto desasosegada; él parecía ensoñado.

     —José, me voy a acostar. Desconfío del relente.
     —Sí, más vale. Yo iré dentro de un ratito.

     Ya acostada, Mercedes experimentó un cambio de estado de ánimo, una de esas mudanzas frecuentes en ella al acostarse y pasar revista al día. Se acentuó su desazón, se insinuaron las alternativas a cada momento de la jornada (si yo le hubiese dicho que...), la acechó el pesar. Terminó confesándose que ahora sí querría que la besase. En ese instante entró él en la tienda. Se hizo la dormida. Oyó cómo José se metía en el saco de dormir; a través de los párpados cerrados notó que apagaba la luz. En la obscuridad y el silencio absolutos sintió que le cogía la mano. Contuvo la respiración y tímidamente respondió al gesto con un leve apretón de dedos. Ambos se quedaron inmóviles, minutos cada vez más largos para ella. Notó que la mano amiga se iba distendiendo, pero sin retirarse. Le costaba creer que su compañero se había dormido. Al final, por la respiración, por la quietud completa que sentía a su vera, hubo de rendirse a la evidencia. Los ojos se le llenaron de lágrimas y, haciendo grandes esfuerzos por no sollozar ni mover la mano, lloró en silencio su frustración. Al cabo de un tiempo incalculable comenzó a sentirse vacía de sentimientos, lavada por sus propias lágrimas, y luego, muy despacio, como el agua tibia va templando las manos de quien vuelve a casa en una noche de invierno, la ternura regresó a su cuerpo, esta vez envuelta en un asomo de burla. ¡Qué tonta soy —pensó— y qué par de tontos somos! Más tarde, animada por una lechuza lejana y sarcástica, tuvo de nuevo que dominar su pecho y su garganta para no hacer ruido que despertase a José, pero esta vez eran risas lo que sofocaba. Risas, bien lo sabía, que Freud hubiera llamado histeria pero que ella prefería considerar como la primera batalla ganada por los francotiradores en su absurda y gloriosa guerra de independencia contra todas las costumbres del siglo. Se durmió agotada, llorosa y sonriente, sin soltar la mano de José.

     Cuando la luz gris de la mañana entraba a hurtadillas bajo las lonas, sintió medio en sueños que su amigo se levantaba y salía, pero no halló fuerzas para seguirlo. Sin abrir los ojos buscó a tientas el chaquetón y se lo echó sobre el saco. No pudo volver a las honduras del sueño porque al tragar saliva le dolió la garganta con fuertes punzadas. Se tomó un par de aspirinas y un trago de agua de la cantimplora. Tras media hora de duermevela agitada renunció al descanso y, dolorida y de malhumor, salió al campo. El tiempo estaba nublado y corría un viento más que fresco. Se sobresaltó al ver a José con las manos rojas de sangre.

     — ¡Dios mío! ¿Qué te pasa?

     —Tranqui, tronca. Es que acabo de vaciar un par de conejos. Bueno, un conejo y una coneja preñada. Luego los guisaré.

     Mercedes sintió náuseas y sin decir palabra se encaminó al arroyo. Se encontró mejor después de lavarse la cara, y ayudó a preparar el desayuno. Pero seguía doliéndole la garganta y el resfriado empezaba a extendérsele a la nariz.

     — ¿No tienes hambre, Mercedes? ¿Te pasa algo?
     —No es nada. Creo que me he acatarrado.
     — ¿Quieres que nos volvamos a Madrid?
     —No, ya se me pasará.

     La mañana transcurrió lenta y tristona para ella, entre sorbetones de nariz y lecturas desganadas. No se animó a acompañar a José en busca de cierto matojo excepcional que esperaba encontrar en uno de los cerros. Aceptó el papel poco lucido de vestal del fuego sagrado y prometió poner la olla a cocer dos horas antes del almuerzo. Para aliviar los escalofríos cumplió bien con el mantenimiento de la fogata, pero cuando hubo colocado la olla le volvieron las arcadas tan sólo de pensar en la coneja preñada que se cocía con las legumbres, como una Ofelia prerrafaelista flotando entre flores acuáticas, y se alejó de la hoguera.
     Anduvo sin rumbo hasta que oyó ruido en medio de unas zarzas y se detuvo intrigada. Era José, que salió de la espesura a cuatro patas. Se irguió y la miró con sorpresa. Manchado de tierra, con la cara y las manos cubiertas de arañazos, y hojas secas prendidas en los cabellos, le pareció un salvaje hermoso e imprevisible.

     — ¿Qué hacías, huronear para llenar la cazuela más todavía? —preguntó Mercedes.
     —No, ya volvía a la acampada cuando creí ver ahí detrás una mandrágora en flor y me metí a fotografiarla. Pero era un paquete vacío de pitillos. Hasta aquí ha llegado el enemigo. ¿Y tú, qué haces que no te ocupas de la gibelotte?
     — ¿De qué?
     —Mujer, del guiso de conejo.
     — ¡Ay va!, se me había olvidado.
     —Pues como se haya echado a perder no te lo perdono —dijo él sin sonreír.
Regresaron apretando el paso y en silencio. Al acercarse al vivaque oyeron ruidos de motor, y en seguida voces. Ya en el claro se pararon y vieron cómo de dos coches recién llegados se bajaba media docena de personas ruidosas, gesticulantes y vestidas en tecnicolor. Mercedes observó a su compañero palidecer pese a los arañazos en la cara y murmurar:
     —¡Domingueros! ¡Me cago en su puta madre!

     Los intrusos curioseaban todo, y una chica de pantalones muy ceñidos se acercó contoneándose al fuego y exclamó:
     — ¡Huy, qué bien huele esto! ¿Qué será?
José avanzó y poniéndose en jarras le dijo:
     —Eso es mi guiso de conejo, señorita. Y están ustedes en nuestro campamento. El campo es muy grande; podrían alejarse un poco.
     —Bueno, hombre, bueno. Nos alejaremos —dijo un gordo sudoroso que debía de ser el padre de la muchacha.

     El grupo se retiró a sus coches sin dejar de alborotar con risas, lloros de un niño chico a quien su madre gritaba «guarro, que t’as orinao», y música chillona de un adolescente con radio en banderola.

     —No hay parto sin dolor ni hortera sin transistor —masculló José lo bastante fuerte como para que lo oyeran todos.

     Mientras Mercedes y José recogían los envoltorios de chicle y pañuelos de papel desparramados por la hierba, vieron que la pandilla se instalaba a menos de cincuenta metros de distancia río arriba, apenas oculta por los chopos. Hablaron poco mientras almorzaban. Mercedes tan sólo comió las verduras del guiso; le seguía doliendo la garganta al tragar y además no quería ni mirar la carne recién sacrificada. José engulló, metódico y callado. Ella pensó que su enojo taciturno se debía al nuevo vecindario, cuya presencia se hacía patente a cada momento por los gritos que traía el viento y, de vez en cuando, por la basura que acarreaba el río. Pero comprendió que no era eso lo único que lo irritaba cuando lo oyó decir con un tono desabrido, nuevo en él:

     —No comes nada. Creí que habíamos quedado en que no eras melindrosa.
     —Estoy muy resfriada —replicó ella sonándose con estrépito y arrojando al fuego el pañuelo de papel.

     El tiempo había ido mejorando y ya el sol calentaba como en días anteriores. José se quedó en mangas de camisa pero ella aunque se sentía sudorosa no se atrevió a desabrigarse. Notaba además que el sol le empeoraba la pesadez de cabeza y el moqueo.

     —Siento defraudarte, José, pero no puedo más. Voy a echarme un rato en la tienda.
     —Como quieras. Yo voy a dar un paseo.

     Mercedes se tumbó en la penumbra. Sumida en un torpor incómodo, no conseguía ni dormir ni leer. Y menos mal que tampoco logro pensar con claridad, se dijo. Comprobaba, y no por primera vez, que el catarro es un beneficioso anestésico moral. Anula el análisis, suspende el juicio, fomenta la indiferencia. El constipado nos vuelve pasotas, a Dios gracias, pensó mientras oía impertérrita el paso junto a la tienda de la patulea, al parecer paseando río abajo. Oyó incluso frases sueltas:

     —... y a ver si nos paramos y puedo refrescarme los pies, que los tengo...
     —... total que por sólo cinco millones unté al concejal y ya tengo la licencia de construcción...
     —... y además quiero lavarle el culo al niño que lo tiene como un bebedero de patos...
     —... él está muy bueno, pero ella está jamona...

     Ni siquiera la última frase la sacó de la apatía, aunque sí sazonó su indiferencia con un punto de desprecio amargo. Se durmió y al despertarse se sentía mejor; las aspirinas debían de haber hecho efecto, ya no moqueaba ni sentía escalofríos y el cuerpo le pedía andar y respirar aire fresco. Y ver a José.
  
     Deambuló absorta en la tibieza de la tarde. El valle había recobrado el silencio, el aire su peculiar claridad dorada. El sol ya no le molestaba, y sonrió al recibir su calorcillo en el rostro. Decidió regalarse a sí misma un descanso, concluir una tregua entre su cerebro lúcido y suspicaz y su corazón impulsivo. De nada servía agobiarse con lucubraciones; el tiempo diría. José era un chiquillo, y cuando los chiquillos están de morros no hay que hacerles caso. Ya se le pasaría. Y ya se irían del valle los intrusos.

     Sin darse cuenta había llegado al pie de unas rocas difíciles de subir. Calculó que eran las mismas que por el otro lado bordeaban la orilla oeste del remanso, pero desde donde estaba no podía ver la ribera. Como el rincón estaba templado al socaire y las piedras caldeadas por el sol, lo encontró muy a propósito para sentarse apoyada contra la roca y encender un cigarrillo. Aspiró el humo pero no le supo a nada. No sería mal momento, este resfriado, para dejar de fumar. Pero claro, la carne es débil, suspiró. Entonces oyó pasos y voces del otro lado de las piedras. Otra vez los domingueros, malditos sean. Pero la conversación, tan queda, no podía ser de aquella tribu bulliciosa. Aguzó el oído. Pues sí, esa voz de mujer podía ser de la chica de los pantalones ajustados. Escuchó su tono dengoso y a la vez chabacano.

     — ¡Jo macho, qué gozada! Pues anda que descubrir ahora que estamos en la misma facultad... Si yo creo que hasta te había visto alguna vez por el pasillo... No me fijaría en ti, porque no te vi tan cachas como ahora, de espor y despechugado... Oye, dime que no me despreciarás el jueves cuando coincidamos en el bar..., que yo ya sé que los tíos todos sois partidarios del aquí te pillo, aquí te mato, y luego, si te he visto no me acuerdo...

     Mercedes, aterrada, se agarró la cabeza esperando la respuesta de José. Por uno de esos saltos absurdos de la imaginación se le pasó por la mente que la saliva fría que sentía fluir en la boca era la misma que le venía cuando sentada en el sillón del dentista oía el torno y aguardaba el envite. El hombre no hablaba y la muchacha tampoco. ¿Qué harían, Dios mío, qué harían? Por fin oyó la voz de José, distinta de la habitual, con un deje gangoso, pero sin duda la suya.

     —Qué, ¿me crees ahora cuando te digo que voy a querer seguir viéndote? A ver si te crees que el ganado de la universidad es comparable contigo... Bueno, el de la universidad y el de cualquier parte... tú estás más buena que el pan...

     Por toda contestación, Mercedes escuchó una risa de infinita y sana necedad. Imaginó el hociquito fresco de la chica pidiendo una propina, y luego volvió el silencio tan fácil de interpretar. Con un esfuerzo y temblándole las piernas Mercedes se levantó y se fue sin hacer ruido.
Cuando una hora después volvió él a la acampada, la encontró acostada en la tienda y tomándose la temperatura.

     — ¿Cómo sigues? —preguntó sonriente.
     —Mal. Creo que tengo bastante fiebre... Sí, treinta y nueve y medio —replicó Mercedes sin mirarlo a la cara.

     José torció el gesto, dudó y acabó diciendo:

     —Pues no sé..., quizá convendría volver a Madrid... es un pena, pero...
     —Sí, por favor, llévame a mi casa.

     Hablaron poco en el camino de vuelta. Ella sólo tenía fuerzas para dominar la voz en contestaciones monosilábicas, y pronto él dejó de hacerle preguntas de cortesía. Ya de noche y cerca de Madrid José carraspeó y le dijo con una voz más cálida:

     —Mercedes... ¿en qué piensas?

     Ella tragó saliva y consiguió contestar:

     —Pensaba que las plagas del siglo veinte siempre terminan triunfando —y echó mano de la caja de pañuelos para secarse los ojos y la nariz, esperando que él no lo notaría en la obscuridad.
     —Sí... El catarro de nariz es una plaga tan molesta como la mixomatosis —dijo José.
  
Bibliografía del Marqués de Tamarón
(c) Marqués de Tamarón 2008

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